Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Poder del Agua – por Noelia Travesí Díaz (Madrid)

Una vez más marchaba a por agua, cada dos días cogía mi garrafa y me dirigía hacia la fuente de La Eragudina. Llegando a la fuente vi entre la multitud a un hombre que me miraba. Era alto, con los ojos azules y el pelo negro. No paraba de mirarme fijamente y yo, sólo pude mantenerle la mirada un par de segundos. Me puse nerviosa. Llegó su turno pero, lejos de marcharse se hizo a un lado. Parecía que me esperaba. Se acercó diciendo – ¡Hola!, me llamo Saúl. – muerta de vergüenza le contesté: – Me llamo Lucía. – Y sonriendo de nuevo dijo : – Oye, tengo que marchar pero, ¿te apetecería irte de cortos conmigo? A las diez estaré en el Aizkorri, espero volver a verte .- A las diez estuve como un clavo en la plaza de Astorga. Después de unas horas me invitó a pasar la noche con él en su casa. Acepté. Puso música muy bajita, un par de copas de vino tinto y la luz tenue. Me sentía cómoda. Me senté en el sofá, él se sentó a mi lado y con su mano apartó mi pelo hacia atrás, suavemente, mientras acariciaba mi cara. Mi piel, erizada, abría cada poro para recibir su roce. Del cuello bajó al tirante de mi camiseta y lo deslizó hasta quitarlo. Sus labios me empezaron a besar y a morder el cuello. Subí los brazos para quitarme la camiseta pero acabé quitándomelo todo. Saúl hizo lo mismo y tumbándome en el sofá, apoyó su cuerpo contra el mío mientras tocaba cada curva de mi cuerpo. Sentí un escalofrío que recorría desde mi nuca hasta la punta de mis pies que me hacía excitarme cada vez más, mi respiración se hacía profunda a cada segundo que pasaba. Sus brazos bailaban entrelazando mi cuerpo y tiraban de mi pelo al ritmo de la música. Mi cuerpo se estremecía entregándose en cada gemido. Mis piernas abrazaban su cadera con fuerza y mis manos se perdían entre las ondas de su pelo y su espalda, que mientras la arañaba parecía no tener fin. Apoyó su boca en mi oído y mientras gritaba mordía mi oreja, mi cuello, mis senos… Aceleró el ritmo y agarrándome las muñecas, mis escalofríos aumentaron de intensidad, mi cuerpo se estremecía sin piedad y mi vagina se humedecía cada vez más rápido. El orgasmo llamaba a mi puerta. Y entre gritos llegó para los dos, dejándonos exhaustos uno encima del otro. Nos vestimos nuevamente e intercambiamos nuestros números de teléfono y antes de abrir la puerta y marchar de allí, me ofreció un vaso de esa agua, que horas antes nos presentó. Nunca antes me supo tan bien. Desde esa noche, la fuente se convirtió en la excusa perfecta para saciar nuestra sed.

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