Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Palpitar de la Sangre – por Freddie Cheronne (Segovia)

Caía ya la tarde. Tras una dura jornada bajo un sol de justicia las familias ultimaban la tarea en busca de un merecido descanso después de la trilla. Pero Nieves no quería un descanso. Agachose a recoger los aperos y al incorporarse se lo topó de bruces frente así. Apenas sin aliento, se apartó el pelo de la cara mientras El Cholo se quedó observando su rostro sudoroso a la par que su turgente juventud asomando por el escote medio descamisado.
<<¡Cholo!>> gritó a lo lejos otro de los mozos. Las carretas tiradas por ganado comenzaban el regreso hacia el pueblo con casi todos los jornaleros ya subidos a ellas. La vuelta solía ser agradable. Resultaba refrescante el balanceo del carro al pasar entre los árboles por los umbríos caminos que
conducían hasta la parte vieja. Quitando el traqueteo y algún que otro chasquido de la vara contra el lomo del animal, poco más se escuchaba en aquellas tardes de estío. La actividad se centraba más en el pensamiento de cada paisano con sus paisanadas, excepto en el caso de Nieves y Cholo, que no dejaban de mirarse un momento durante todo el trayecto.
La casa de El Cholo quedaba de las primeras así que se dispuso a saltar del carro como cada tarde y despedirse de Nieves hasta el día siguiente. Pero ese día fue distinto. Nieves dudó un momento y… ¡qué diablos, aún faltaba mucho para el baile!, así que se incorporó con determinación y apenas saltó el Cholo, ella saltó detrás. Él se giró incrédulo y allí se quedaron mirándose el uno frente al otro mientras el carro se alejaba con todos observando la escena curiosos.
<¡Cholo, que no estás solo!> soltó jocoso uno de los mozos, a lo que siguió una gran risotada acompañada por los demás. Poco les importaba a Nieves y El Cholo lo que pensara la gente. Hay trenes que los impulsos del corazón no pueden dejar pasar.
Aquella tarde apenas bastaron sus lenguas y el roce entre las palmas de sus
manos para que, sin necesidad de yacer ni de deshacerse de la ropa, su primer
encuentro culminara en una convulsión explosiva en la que ambos sintieron el
palpitar de la sangre a la vez que veían en los ojos del otro abrirse el Universo.

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