Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Limonero – por Vicente Richart Conejero (Castellón)

Lo último que podía sospechar mi yayo José era que las salidas para ir a jugar al fútbol con mis amigos realmente constituían una excusa para asistir, cual ceremonia religiosa, a mi cita diaria de las siete con mi amada Isabel. Durante aquel verano en el pueblo, después de merendar,
salía de casa de mi abuelo y cruzaba las tres calles que me separaban del pequeño polideportivo para, tras comprobar que nadie me veía, pasar de largo y seguir por un pequeño
sendero hasta una finca abandonada a no más de quinientos metros de allí. Seguidamente, me colaba por un agujero en la valla, cruzaba un jardín que parecía una selva y me encaramaba al muro trasero colocando un par de cajas de madera medio rotas para poder asomarme al patio contiguo. Ante mis ojos se desplegaba el amarillo pajizo de los extensos campos de trigo listos para la recogida, mientras se fundían con el sol que empezaba a apoyar sus rayos en la falda de la montaña. A pesar de la belleza del paisaje, a mi lo que realmente me interesaba era el limonero situado a mi derecha, junto a una pequeña casa de aperos, que proporcionaba una sombra más que agradecida en aquellas tardes de julio. Todos los días a esa hora, Isabel, que posiblemente me doblaba en edad, caminaba los escasos cien metros que separaban los trigales de la modesta construcción y se sentaba a descansar bajo el frutal mientras canturreaba alguna canción. Minutos después, se ponía de pie y, lentamente, se deshacía de las botas, desabrochaba el mono de trabajo y soltaba el recogido donde alojaba su rizada melena. Yo me deleitaba viendo la ropa interior, totalmente blanca, en contraste con su piel morena, que le
otorgaba un porte de diosa griega venida del mismísimo paraíso. A continuación, se ponía de puntillas y agarraba una rama para acercar un limón a su nariz, mientras cerraba los ojos y aspiraba durante unos breves segundos. El movimiento de las ramas hacía que el olor llegase hasta donde me encontraba, y yo, extasiado por el cítrico aroma, inhalaba simultáneamente con mi amada, tratando de conectar, de unirme a ella en una experiencia mística. Acto seguido, Isabel se dirigía hacia una pequeña boca de riego de la que pendía una manguera y abría la llave de paso. Mientras el agua fluía, se desprendía de la ropa interior y la colgaba de un pequeño poste de madera. Su cuerpo desnudo era para mí el cenit de la belleza, la perfección hecha mujer, el centro de todo mi universo. Dando pequeños saltos, corría hasta coger el extremo de la manguera y, tras unos instantes de vacilación, elevaba su brazo y empezaba a rociar su cuerpo con el agua gélida. Simultáneamente, emitía rápidos jadeos para combatir el contraste de temperatura, mientras su pecho se agitaba rítmicamente y la piel se le erizaba. En
ese instante me imaginaba cada hilo, cada gota, cada molécula de agua recorriendo su cabello, resbalando por su espalda, atravesando zonas para mi hasta entonces desconocidas, bajando por aquellas interminables piernas, hasta descansar en la tierra y ser absorbida por las raíces
para volver a empezar el ciclo, formando la savia que daría vida a nuevos frutos, esos que hasta el día de hoy me recuerdan a la mujer que marcó mis años de juventud.

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