Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Juego de la Araña Galponera – por Analia Isabel Kozur (Argentina)

                                           

Entré al único boliche del pueblo. Una mujer sentada en una mesa sola. La examiné mejor. Perlas en sus orejas, un broche de oro y olía a Chanel Número Cinco. La víctima perfecta. Era raro encontrar esta clase de mujeres en este lugar tan alejado de la ciudad.

La rubia me lanzó un reojo al sentarme. Saludé. Yo era un hombre rural bien parecido que vestía unos pantalones estilo bombacha y calzaba unas apalgartas nuevas.

Hola me dijo y le pregunté su nombre, me respondió Julia. Y en forma inmediata me plantó dos besos excesivamente pegajosos. Pasó un dedo y me limpio el excesivo lápiz labial que habia dejado en mi boca agrietada por el sol y el arado seco de todo el día. Me llevó hasta su cuarto que había alquilado en aquel páramo abandonado.

La cogí por la cintura. La besé. Ella replicó. Lengua húmeda, giros. Me tiré en la cama. Me quité la camisa campesina y observé en derredor. Aquella mujer estaba llena de joyas. Ella me dio la espalda. Forcejeó con una botella de grapa. No presté atención a sus maniobras y brindamos. Nos frotamos sobre las sábanas. Me lamía y mordisqueaba mi pecho. Estaba duro como una rama por la presión del cuello. Antes de cada nueva postura el vaso de grapa se vaciaba de nuevo. Solo era cuestión de tiempo, a no ser que aquella bruja fuese una gran bebedora. Pasé a la acción. Le quite la blusa. Unos senos redondeados, se abrieron a mis ojos y las liberé de sus celdas textiles. Repasé suavemente las amplias areolas tostadas con mis manos. Ella suspiró, cerró los ojos. Separé sus bragas. Sus piernas mas largas que una araña galponera me atraparon. Después del sexto vaso de alcohol mis manos estaban inmovilizadas junto al cabecero rústico de madera atadas con mi calzoncillo. Se tomó su tiempo, sin prisa. Trepidé cuando me mordió. Entorné los ojos. Mi nuca aplastó el almohadón. No podría contenerme ni un segundo más.

La habitación giró y todo se volvió nubloso.

El comisario del pueblo me despertó con algunas cachetadas junto con otros paisanos que se reían. A mis pies, al lado de la cama, yacía un  perfume Chanel Número Cinco mezclado con el hedor a robo. Sonreí. Me había jodido la noche  pero no dudaría en volver a repetir la partida. Apostar o morir, algunos no sabíamos existir de otra forma.

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