Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El fragor de un estallido – por José Aristóbulo Ramírez Barrero (Colombia)

Érase una vez… en mi pueblo, una dama demasiado perfecta para ser real, demasiado empalagosa como para meterse con ella en un pajar, rotundamente convencida de que hay más de una manera de pelar un pollo y dueña a la sazón de un montón de ideas originales que atesoraba bajo un sombrero gris tipo pamela. Con todo y sus prendas materiales y espirituales acaso dignas de una odalisca de sultán, su prenda más valiosa era su sombrero y no precisamente por ser este una prenda diseñada por modisto de fama internacional, sino porque en él moraba un piojo rojo, tan o más distinguido que su dueña -sangre de su sangre al fin y al cabo- y quien, de acuerdo con los comentarios corrosivos vertidos por los chismosos de sus vecinos, tenía amores y otros demonios con una ladilla que moraba y pelechaba en la entrepierna del amante de la dama, un donjuán de tomo y lomo, dueño de la gasolinera y de la carnicería y que pisaba fuerte en la bolsa de valores. ¡Qué primor! Pero, ¡ah, jijo¡, al mismo tiempo, qué dolor! Eran tiempos brunos y azarosos poco propicios para el amor verdadero. Si no me creen, saquen pluma. Por culpa del célebre estallido de la burbuja inmobiliaria, el amante de la dama y dueño de la ladilla quebró y tuvo que huir precipitadamente del pueblo rumbo al sur para evitar que sus socios mafiosos lo despescuezaran. La chica del sombrero, por su parte, también huyó del lugar y por la misma causa, sólo que por el norte -pues así lo decidió el insensible de su marido-. Y en su huida y para desgracia plena, perdió brillo, arrojo, pamela y piojo. Para acabar de regar la manteca, sin mediar consideraciones de tipo ambiental, vaya uno a saber la razón, por rabia y despecho, para atenuar la comezón surgida a la sazón del destierro o por exigencia expresa de su nuevo amor, un mulato que conoció en un pueblo brasileño, al donjuán de tomo y lomo le dio por rasurarse la entrepierna, acontecimiento de plano fatal para la ladilla. Menudo cataclismo sin ton ni son que provocó más de una desazón. Verbigracia, los cuatro que en mi pueblo fueron amantes briosos y libidinosos, en el destierro ya no lo son. El viento se los llevó y el amor, demasiado perfecto para ser real, demasiado empalagoso como para meterse con él en un pajar, se apagó para siempre. Todo por culpa de una burbuja que estalló, de una pamela que se perdió, de un marido insensible que receló, de un mulato brasileño que se entrometió, de una mata de pelo que se trasquiló y de un sistema económico inclemente al que sólo interesa y trasnocha la plusvalía.

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