Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El encuentro – por Sara Oliva Sanz (Gerona)

Aquel fin de semana había decidido marcharme sola a aquel pequeño pueblo de montaña. Necesitaba escapar de las obligaciones cotidianas, de tus besos y de tus ausencias, de la larga letanía de reproches y contrareproches, de la agonía lenta de haberme perdido demasiado en esa relación que me atormentaba hacía ya demasiado tiempo. Sólo quería respirar. Volver a ser yo, respirar. Así que, el viernes a última hora, en un arrebato de lucidez me acordé de aquel lugar en la sierra que una amiga mía me había recomendado en una de nuestras charlas, subí al coche y me dirigí rumbo a él. Llegué con las últimas luces del día, cuando el cielo se teñía de púrpura y escarcha, justo a tiempo para cenar en el alojamiento rural que había encontrado por internet. Tras la cena, que degusté con una sensación de incipiente libertad, salí a pasear por las callejuelas de piedra. La temperatura era agradable, y mi piel se regocijaba de sentir la suave brisa, el silencio de la noche, la oscuridad que me envolvía. Como una turista sonámbula, recorrí las calles al azar, sin curiosidad, sólo sintiendo como jugaban el tacto de las piedras y el del azar entre mis manos. No me encontré a nadie, y seguí deambulando por calles y callejuelas desconocidas hasta dar con un pequeño banco en los límites del pueblo. Me senté, sintiendo la magia del lugar y la premonición que algo iba a pasar. Al poco rato, un hombre, cuyos rasgos no acababa de definir por la exigua luz del mundo, se sentó a mi lado. Tras compartir algunos minutos de silencio, me preguntó con una voz grave pero sedosa: ¿de qué huyes? De mí misma, le contesté. Y tras otro intervalo de silencio, me preguntó de nuevo: ¿Qué buscas?. Yo, esta vez, tras vacilar un momento, le contesté: El placer sin culpa. Nos miramos buscando los ojos y apenas percibimos unos destellos en medio de la densa oscuridad. Un erotismo tenso bañaba nuestros cuerpos, todavía separados, que pugnaban por unirse. No recuerdo si fui yo o él quien dio el primer paso, sólo sé que a los labios les siguió el resto de la piel, vibrante, viva, exasperada de ardor. Formamos un solo ser entre las sombras y después nos separamos. Yo me marché primero, él se quedó en el banco. Me marché sintiéndome libre, con el júbilo todavía en la piel, que por primera vez había conocido lo que era el placer sin culpa. El resto del fin de semana fue tranquilo, aunque en varias ocasiones, al cruzarme con los hombres del pueblo me preguntaba quien habría sido mi amante desconocido. Nunca lo supe. Y me alegré de no saberlo, porque sé que de haberlo sabido, hubiera perdido su encanto, la magia de ese encuentro que me había dado todo lo que yo había alguna vez había soñado. Placer, puro placer.

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