Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Diario – por Miguel Ángel Moreno Cañizares (Madrid)

La idea de pasar una semana en una casa rural me resultaba antipática.
Apenas había acabado el curso y me apetecía más pasar las horas muertas, es decir, olvidarme del instituto, de los exámenes y de mis compañeros. Sólo la idea de separarme de Rubén me molestaba. Necesitaba estar junto a él, como él
conmigo. Así que me quejé amargamente a mis padres, con escaso éxito.
—Verás cómo lo pasaremos bien —trató de convencerme mamá, siempre tan positiva y alegre— Será una buena experiencia. Papá nos ha prometido un descenso en canoa, entre otras actividades.
Le dediqué una media sonrisa forzada e intenté mentalizarme. ¿A qué padres se les ocurre llevar a una hija única de 16 años de vacaciones al campo? Llegado
el momento, carretera y manta. Tras cuatro largas horas, dimos con la casa. De primeras, la impresión era buena. Antigua, pese a la reforma. Altos techos, muros de piedra y suelo de madera que crujía al pisar. Mi dormitorio, próximo al de mis padres, era amplio y luminoso. No puse pegas. Después de la cena, dediqué el tiempo a colocar la ropa y fisgonear entre los muebles, hasta encontrar un diario anónimo que llamó mi atención. Comencé a leer una de sus páginas:
Al despertar, he notado sus ojos clavados en mí. Envuelto entre las sombras de la mañana, viaja por el universo de mi cuerpo. Lo siento tan cerca, que no sé cómo reaccionar. Me dejo llevar. Acaricia mis muslos con suavidad, como si en cada poro tratara de encontrar el tesoro que persigue. Revuelve mi cabello con una mano, lo coloca a su gusto, lo huele. Le atrae la aureola de mis senos, los pellizca, se entretiene con ellos, y me provoca un placer que mezcla con los besos. Me estremezco abrazado a sus hombros, mientras el corazón intenta escapar del pecho ante la fuerza de los latidos. Beso a beso, me traslada a un estado de satisfacción que deseo que se prolongue hasta alcanzar juntos el orgasmo. Sueño cada madrugada con él, con sus manos surcando mi carne, con sus arrebatos de pasión, con sus suspiros, con su manera de hacerme el amor.
Te necesito. Vuelve.


Pasa de la medianoche y oigo ruidos en la habitación contigua. Los muelles de la cama suenan a un ritmo acompasado que se incrementa con los gemidos.
¿Y si fueran ellos?

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