Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Cartero llamó dos veces – por José A. Gago Martín (Segovia)

-A mí, -le digo a Roque-, la mantequilla siempre me recuerda al sexo, no lo puedo evitar. Hasta en el súper, fíjate; paso junto a los lácteos, mis ojos tropiezan con esos envoltorios plateados y la mente empieza a imaginar cosas. -Qué jodío, -dice él-, por la película aquella de “El último tango en Paris”. -No, -le explico-, si en mi pueblo ni siquiera había cine. Allí todo lo teníamos que aprender por nuestra cuenta. En los pueblos no había grandes diversiones, había que apañarse con poca cosa para pasar el rato. La ventaja es que todo el mundo se conoce y siempre acabas enterándote de lo que pasa. Por ejemplo, cuando el marido de la Lola se fue a trabajar a Suiza, ella acabó entendiéndose con el cartero. Y yo, empujado por la natural curiosidad de un chaval de trece años, decidí espiarlos. Una noche, cuando ya el pueblo descansaba y las calles estaban vacías, lo seguí hasta la casa de la Lola. Llamó a la puerta dos veces, “tototoc”, “tototoc”. Supongo que era la contraseña, porque ella abrió un poco la puerta y tiró de él para adentro. Yo sabía que el dormitorio estaba en la parte de atrás, hacia el patio. Así que salté la tapia y me acerqué a la ventana que tenía luz. Allí se oían los tortolitos muy ajetreados, respirando fuerte como si acabaran de subir cinco pisos corriendo. Las contraventas estaban casi cerradas, sólo quedaba una rendija estrecha. Tuve que meter la cabeza entre los barrotes para asomar un ojo por aquel resquicio y pude ver como el cartero, que había tumbado a Lola encima de la cama, ponía más interés en aquello que en repartir las cartas. Al buen hombre le costaba mucho agacharse para meterlas por debajo de la puerta, que en el pueblo nadie tenía buzón. Pero allí se esmeraba, se dio mucha maña para dejar sin ropa a Lola y liarse en ejercicios que yo ni siquiera me podía imaginar. Todos en los pueblos hemos visto el sencillo hecho del apareamiento, las vacas, las cabras, los perros,… Pero el cartero, el jodío, no se conformaba con eso. -Ese si había visto la película del último tango, -aventura Roque. -Qué película ni que leches, -le digo, molesto por la interrupción-. Me refiero a que se demoraba mucho quitándole la ropa, que si toco por aquí, que si estrujo por allá, que si lamo por acá, que si empujo la cabeza de ella para que… En fin, que el cartero, al final puso a cuatro patas a Lola. Aunque habían estado dándole muchas vueltas, acabaron apareándose como cualquier otro animal. -¿Ya está?, -pregunta Roque ante mi silencio-. ¿Y qué tiene que ver la mantequilla? -Pues que cuando acabaron, ellos apagaron la luz, pero yo no podía salir, las orejas me hacían tope en la reja. Menos mal que, como no volvía, salieron a buscarme por todo el pueblo. Me la untaron bien con mantequilla y pude sacar por fin la cabeza.

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