Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El Amante de la ballesta – por Joaquín Pereira (Madrid)

Siempre me sentí orgullosa por contar con tierras fértiles y estar cerca de un gran río, el Gébalo. Pero con el pasar de los siglos romanos, visigodos, árabes y cristianos llegaron, me
usaron y luego me abandonaron. Soy Alcaudete de la Jara. Poco a poco creí que no era merecedora del amor, del verdadero, de ese que se queda a habitar a tu lado y siembra un huerto para no tener que alejarse más de tu lado. Luego de la batalla de Alarcos en 1195 y la de las navajas de Tolosa del 1212, mis tierras sólo eran usadas para la caza furtiva: venían me usaban y se iban. Actualmente todos observan la torre que sirvió de cuna para mi renacimiento pero no recuerdan al hombre que creyó en mí luego de haber sido varias veces ultrajada y abandonada. Llegó una tarde de tormenta, empapado y con fiebre. Estaba muy delgado, era puro pellejo y huesos. Se refugió en el Torreón del Cura, única estructura que quedó en pie de antiguos asentamientos. Sólo él quiso quedarse, dejando a un lado su
querida ballesta para curar mis heridas. Reconozco que hice de todo para ahuyentar al terco ballestero y destrozar su huerta. En las noches me relataba historias de un futuro
prometedor. Al principio no amainé mi ataque pero con el tiempo sus cuestos me fueron seduciendo y volví a sentir esperanza. Para espantarlo pedí a las nubes que no descargaran agua sobre mis tierras. La sequía no mató el sueño de dedicarse a cultivar su huerto aunque si destruyó su primera cosecha. Volvió a utilizar su ballesta para sobrevivir pero en su pecho seguía latiendo su sueño, como una semilla dormida en espera de agua para despertar.
Recuerdo una mañana que lo vi partir con su ballesta a sus espaldas. Cuando pasó varios días sin retornar pensé que iba a ocurrir nuevamente lo que tantas veces viví. Otra vez me sentía abandonada. Pero mi temor duró poco. Luego de una semana mi querido cazador retornó a su huerta trayendo un extraño paquete. Estaba muy curiosa de su contenido. En los próximos días se dedicó a abrir unas zanjas alrededor de la casa y el huerto, colocando en ellas el contenido del paquete. Pensé que era una nueva hortaliza que quería comercializar pero una mañana al despuntar el sol en las plantas despertaron cientos de flores blancas con
el centro dorado. No sé de donde la trajo pero desde ese momento dicha flor llevaría mi nombre: la flor de Jara. Cuando vean mi escudo no se detengan sólo en la torre y el río de su flanco superior izquierdo. Acérquense y noten una ballesta dorada sobre la torre. Es la ballesta de mi querido amante que supo ver mi fertilidad y supo sanar mis heridas. El verdadero amor es anónimo como el de mi cazador. Gracias a ese ballestero volví a convertirme en el Levante de Castilla. Por cierto, en la base del escudo pueden ver una flor
de Jara; porque mi escudo no fue hecho para la guerra, mi escudo esconde una historia de amor.

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