Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Diabólico Vaivén – por Paula Ramos Primo (Madrid)

“Se lo ruego a Vd., tenga la bondad de disculpar este fiero atrevimiento, pero no hallé mejor ni más discreto modo de hacerle llegar estas palabras. Desde el martes tengo un mal en las entrañas que no me deja ni comer ni dormir, y es urgente que Vd. y sus sabios consejos espanten con presteza estas ideas de mi mente y me devuelvan a mi ser, pues de otro modo mejor sería hacerme encerrar en un asilo.”


“¡Señor Mío! Tantas veces soñé con mi matrimonio, pero siempre como el deber que Dios esperaba de mí. Y, sabe Dios, que pasada la primera noche de esa dolorosa e incómoda gimnasia que nunca deseo, jamás pensé en la alcoba y al Señor jamás se la pido. A Dios gracias y como ya sabe Vd., el marqués nunca está en casa.”


“Yo, que como usted bien sabe, he concebido y dado a luz a tres varones, hijos de la Iglesia. Y aun así, nunca tuve este fuego. ¿Qué es esto? ¿Me pasó a mí solamente? Respóndame Vd., si lo tiene a bien, pues me hallo en un calvario interminable y es muy posible que padezca de algún tipo de histeria que esté confundiendo mi razón.”


“Yo, que a pesar de mi cuna y las muchas jacas de mi esposo, nunca había cabalgado como se debe. Yo, que pese a mi Fe en la oración y en Nuestro Señor Jesucristo, jamás imaginé Cruz tan deliciosa como la de su alazán. ¿Por qué tuve que acercarme, a mis años, a por marusas, como lo hacía de niña? ¿Por qué me arrimaría, a esa fangosa orilla,
calzando ese chapín que tan fatalmente afectó mi tobillo? ¿Y por qué ese violento, repentino movimiento de su brazo, me colocó tan grácilmente entre las crines y su pecho, entre la espada y la pared? Y Vd. detrás, pegado a mí, y el roce de su paño negro y su aliento en mi sien izquierda, jamás lo olvidaré; y el palpitar del animal bajo tantos y tan cercanos muslos, y ¡ay, ese diabólico vaivén! ¿acaso lo dispuso así la Divina Providencia? Vd. que tanto habla con Él, ¿tiene respuesta para este ardor, esta furia en mi corazón para la que no hay en el mundo brida? Sabe Dios que sólo pienso en mañana, en confesarme al fin, y en poder confirmar su dulce opinión.”
Pese al catecismo y las amenazas del infierno, el tierno escolano se crecía al saberse compuerta decisiva de aquel torrencial entuerto. Por eso enrollaba aquellos pedacitos de
papel y los echaba de nuevo al cepillo, cuidándose mucho de que el capellán al entrar lo hallase, bien doblando estolas, bien colocando cíngulos, pero siempre con ese aire indiferente y olor a inocencia.

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