Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Día de la Bicicleta – por Javier Roger Juán (Valencia)

Pedaleamos por los caminos de la huerta hasta que llegamos al pie de la montaña. Las cuestas se hacían interminables y al poco tiempo me faltó el aire.
Vimos un bosque y supliqué a Laura y a Elena que fuésemos allí a tomar un pequeño descanso.
En un claro del bosque, los tres yacíamos tumbados en la yerba, observando las nubes y el intenso azul del cielo. Cuando me repuse de mi agotamiento, noté la mirada de Laura. Se mordía el labio inferior y sus ojos entornados estaban fijos en los míos. Entonces desvió la mirada hacia algún lugar por encima de mí. Giré hacia el otro lado y Elena le sonreía mientras jugaba con su pelo. Luego me sonrió a mí y se acercó lentamente hasta que nuestras caras estuvieron a escasos centímetros. Podía notar el aire de su respiración sobre mi rostro y me acarició suavemente la mejilla. Cuando nuestros labios estuvieron a punto de entrar en contacto, desvió dulcemente mi cara hacia el otro lado, donde me encontré con Laura y su tierno beso de sabor a fresas. Esta arrimó su cuerpo al mío y pude sentir todo su calor abrazándome. Nada más separar sus labios de los míos, Elena se precipitó asestándome un beso feroz y pasional. Sentía las intensas caricias de su lengua sobre la mía y su mano deslizándose por mi pelo.
Luego Laura me separó de Elena y llevó su cara a la suya. Ambas se fundieron en un beso y, mientras lo contemplaba con gran excitación, comenzaron a quitarse la ropa la una a la otra. Primero la camiseta, luego el sujetador. Los pechos de Elena eran grandes y redondos; los de Laura, pequeños y
precipitados.
Abstraídas en su abrazo, sus senos turgentes se apretaban contra sus cuerpos y, cuando terminaron de besarse, ambas me lanzaron una mirada lasciva. Elena se acercó y me ayudó a quitarme la camiseta. Mientras me desprendía de la prenda, sentí los besos de Laura descender desde el pecho hasta el ombligo.
Entonces me bajó los pantalones y Elena, los calzoncillos.
Dirigí la vista a aquel cielo azul y, de nuevo, me volvió a faltar el aire

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