Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

De Cuento – por Ángel Saiz Mora (Madrid)

La bruja observó su cama. Las sábanas blancas contrastaban con el entorno tenebroso. Se propuso no dormir sola esa noche. Después recitó una fórmula de magia negra de un viejo libro.
Golpes en la puerta. Al otro lado, la respuesta a su conjuro: un príncipe con todos los accesorios, desde la capa roja, hasta condecoraciones propias de su linaje.
La mujer mostró gran satisfacción pese a ser una visita esperada. Estaba atractiva bajo el ambiente lóbrego, con su vestido negro y un escote que refulgía en medio de la penumbra de aquella vivienda a las afueras del pueblo.
Ella hizo amago de lanzar un hechizo. Él desenvainó la espada de forma teatral, concebida quizá para luchar contra dragones o liberar princesas. El arma, que cayó con tintineo metálico, hizo huir espantado a un gato que solo podía ser de color azabache, a juego con el conjunto. Pronto terminaron también en el suelo todas sus prendas varoniles, propias de la más alta nobleza medieval. Sintió alivio al desabrocharse la hebilla del cinturón, que dejó de frenar ese abdomen excesivo para un príncipe, aunque disimulado bajo la media luz de las velas.
La hechicera tiró de su falsa nariz puntiaguda, que fue a parar a un rincón, al lado de la escoba, lo mismo que el vestido. La penumbra, que había acudido en auxilio de la barriga regia, puso también un velo sobre celulitis y varices.
Ambos cayeron entrelazados, deseosos de apurar cada momento hasta el amanecer, conscientes de la lista de espera para alquilar esa casa rural, con la modalidad de fantasía programada, ideal para recuperar pasiones perdidas en parejas maduras. Sobre la chimenea, un búho, programado para girar su cabeza mecánica muchos grados al detectar presión sobre la cama, comenzó a grabar todo con las cámaras disimuladas en sus ojos. Las imágenes les serían entregadas con el desayuno, dentro de un pen drive, así podrían rememorar esos instantes en casa. Como estaba contratado, un servicio de cáterin trajo perdices escabechadas al estilo leonés, para reponer fuerzas.

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