Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Cuerpos – por Mireia Soler Albrich (Barcelona)

A ella la descubrí durante el ocaso. Se reía a carcajadas sobre el tractor. Las arrugas finas que rodeaban sus párpados y las profundas que enmarcaban sus labios se dibujaban bellas y contundentes en un rostro lleno de sabiduría. Mechones de su pelo largo y canoso se pegaban en su tez sudada y tostada por el sol. Sus dedos fuertes y
robustos aguantaban y dirigían con firmeza el volante del vehículo y yo sentí una punzada en el pecho y un latido intrépido de mi corazón en el sexo. Borré trémula las imágenes
que aparecieron en mi mente mientras ella bajaba de un salto del tractor empapada por el
calor. Se presentó risueña y me ofreció las llaves de la casa explicándome las normas
para alquilar la habitación. Los últimos rayos de sol bañaban su espalda y mi semblante y
dejaban en la penumbra los detalles de su rostro. Los dos besos que me estampó en las
mejillas me dejaron oler su fragancia fuerte y fresca, intensa y viva.
Desacomplejada y segura, me ofrecía diariamente imágenes que inundaban mi cabeza y tomaban vida propia cuando en la cama o en la bañera me encontraba a solas conmigo misma. Cuando entraba a casa al anochecer, el barullo que montaba sólo podía compararse con la algarada con que mi cuerpo la recibía. Me hablaba sentada en el comedor relamiéndose los labios, vestida con aquél top viejo que apretujaba sus pechos y moviendo aquellas manos gruesas, fuertes y de dedos firmes. Deseaba exasperada que su morena piel dibujara bellos contrastes con mi blanca sensualidad y que sus uñas
cortas recorrieran mi torso y se hundieran en mi cuerpo.
Aquella noche comprendí el brillo de su mirada. Había conseguido que no se duchara al volver de trabajar. Le había pedido que cocinara conmigo. Habíamos cortado verduras juntas mientras yo disfrutaba el aroma de su cuerpo cálido y palpitante y cuando me había enseñado a cortar la carne para que los filetes quedaran tiernos, sus dedos habían dejado sangre en mi antebrazo. Escandalizada había descubierto que me latía frenético el corazón. La carne de rojo intenso manipulada por ella me llevaba por caminos insospechados para una ex vegetariana como yo. Me transgredía levantar la mirada y encontrarme con su rostro inquieto tan cercano y sus pupilas clavadas en mi. No me podía creer que aquel toque ocasional de nuestras manos cuando me pasaba el cuchillo o su mano en mi cintura tanto tiempo para pedirme amablemente que me apartara fueran la expresión de un interés similar al que quemaba dentro de mi, pero de repente estaba tan cerca que su aliento acariciaba mis labios. Perdí la noción de la realidad y sólo pude sentir cómo su mano se deslizaba hacia arriba des de la cintura para acoger mi pecho. Jadee dejando el cuchillo y cerrando los ojos y ella me acercó a su cuerpo adusto y firme.
Chocamos y ardí.

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