Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Cuando todos duermen – por Adrian Urze Lozano (León)

Una hora después de la comida, cuando algunos se dedicaban echar la siesta otros se dedicaban a tareas más personales, privadas. Alfonso había salido de la casa para verse con alguien a las afueras del pueblo en un establo abandonado. Fernando no tardó más que él en llegar. En sus trayectos, ambos muchachos miraban a su alrededor, por si acaso había algún ojo espiando. Era habitual en el pueblo que ojos cotillas estuviesen al acecho de noticias frescas para compartir y de paso, tratar de humillar a alguien todo lo posible. Alfonso y Fernando se encontraron en el viejo establo y se adentraron en la zona más antigua y sin ventanas, la zona del matadero. Alfonso rodeó la cintura de Fernando, que sonrió antes de besarle. No hacía más de un año que los dos chicos mantenían una relación secreta. Ocultos de la gente del pueblo. Tras la dura jornada de trabajo de la mañana, ambos se necesitaban para calmar sus deseos. Cada uno despojó al otro de sus ropas despacio, deleitándose con sus cuerpos. Fernando era musculoso, con el pelo castaño algo largo y ojos del mismo color. Alfonso tenía un cuerpo similar, pero era rubio de ojos azules. Sus cuerpos de adolescentes se habían desarrollado antes de tiempo a causa de años de trabajo en el campo. Fernando empujó a su amante contra una pared besándolo con lujuria. El calor del día hacía que ambos se movieran con más pasión. Fernando se pegó de cara a la pared, esperando a Alfonso, que no tardó en volver a rodear su cintura con hábiles manos antes de poseerlo. Los suspiros pasionales de ambos aumentaron el calor del ambiente. Las manos del joven rubio recorrieron el cuerpo sudoroso de Fernando. Los jadeos se convirtieron en gemidos. Alfonso se separó sin romper el contacto de sus manos, se dio la vuelta, intercambiando su posición con la de su amante. Fernando le abrazó por detrás, disfrutando de su cuerpo. Con un grito de placer ambos derramaron su néctar de la vida. Se vistieron llenándose de besos y cuando llegaron a la salida del establo, partieron en tiempos distintos cuidándose de ojos indiscretos. Llegaron a sus casa poco antes de la hora de continuar trabajando en las tierras. La jornada de la tarde tocaba su inicio y los jóvenes, deseosos de verse al día siguiente.

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