Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Cuando Nada Detiene al Viento – por Iván López Peralvo (Ecuador)

Su decisión fue muy arriesgada, era la primera vez que salía vestido así solo.
Ese día decidió unir sus dos pasiones, vestirse de mujer y caminar. Ahora la diferencia es que vestía un jean ajustado que destacaba sus curvas, una camiseta amarilla entallaba sus pechos, se había soltado el pelo que tanto trabajo le costó cuidar y tenía un maquillaje sugerente. Sabía que era en vano, pero la experiencia valía la pena, así la vieran solo unas cuentas vacas y perros.
Su primer descanso fue debajo de un gran árbol que daba sombra al camino, apoyó su cuerpo en una gran roca dando la espalda al campo, en donde pastaban algunos animales. Cerro los ojos y estuvo así durante mucho tiempo, hasta que sintió unos pasos cercanos, no le importó, se sentía libre.
Luego sintió alguien detrás de ella, primero se paralizó, pero decidió permanecer así, con los brazos levantados. Así siguió hasta que sintió las manos del intruso que poco a poco ingresaba por la blusa y llegaban a su pecho, frotaban sus
tetillas; se dejó llevar, luego las manos seguían por su cuerpo con mayor ímpetu, bajaban y bajaban.
Eran callosas, firmes, fuertes; poco a poco los brazos de aquel hombre la levantaban hacia él. Sabía que podría terminar abruptamente cuando llegue más abajo, pero estaba tan relajada que decidió que pase lo que debía suceder.
Se puso de pie, se puso hacia atrás, hasta que las manos tocaron su interior, un pequeño bikini que le apretaba mucho al caminar, pero disfrutaba lucirlo, se desabrochó el jean y dejó que esas manos continuaran.
Se detuvo solo segundos, segundos que parecieron minutos y horas, luego recibió un beso inmenso en el cuello y la mano apretó fuertemente su miembro, lo masajeó durante mucho tiempo y luego continuó para acariciar sus nalgas, no
descansaba, no había ni una palabra, solo se escuchaba el gemido de los dos, la briza del viento y unos cuantos pajarillos que decidieron cantar y callar.
Esas manos la condujeron hacia atrás de la roca, le dieron la vuelta; lo vio alto, grande, rudo, pero muy atractivo, lo besó de inmediato, el respondió con pasión mientras las manos seguían el recorrido por su espalda y nalgas, poco a poco,
de forma natural se dio la vuelta e inclinó su cuerpo, en un instante sintió como se apoderaba de su cuerpo sin apuros y con delicadeza. Cuando ya todo era silencio ambos se acostaron sobre el pasto, resguardados en los árboles, con
caricias resguardando el secreto y sintiéndose libre ese día por siempre.

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