Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Cobardía – por Marcelo Alcalá de Paso (León)

Higinio paró el coche frente a la casa donde pasó su juventud y bajó con la calma de los que saben que nunca más tendrán prisa Entró y se sentó en el viejo banco que siempre había estado en la cocina. A su cabeza vinieron aquellos pasajes de su vida que nunca le abandonaron. Recordó a su madre diciéndole.

_No puedes salir con esa chica, no es de nuestra clase, es una pobre pastora y no podemos dejar que entre en la familia.

Sintió misma rabia e impotencia de antaño cuando no fue valiente y huyo como un cobarde de la mujer que amaba, solo por obedecer a su madre. Sonrío al recordar aquellas fiestas en las que bailo con Dorinda, salieron a pasear por la era y la luna llena se reflejaba orgullosa en sus jóvenes rostros. Recordó su mirada tímida y aquel beso que les fundió en la magia del deseo.  A su mente vino el momento en que ella le acaricio el pecho y él acaricio sus muslos dejando que sus dedos traviesos se perdieran bajo la falda blanca, ella le sujeto la mano, para soltarla tenuemente y dejar que llegase a su tesoro mejor guardado que, al recibir las suaves caricias de aquellos dedos en su intimidad, un suspiro largo broto de sus labios rojos y abrió las piernas instintivamente, el, noto la humedad que rezumaba aquel sexo ardiente y deseado. La acaricio con ternura, hasta que ella pareció recobrar la razón

_ Para, yo no puedo entregar mi virtud, es la única posesión de los pobres. Con resignación retiró la mano impregnada en la íntima humedad de Dorinda y la llevo a la nariz, aspiró aquel aroma celestial que jamás se fue de su cabeza. Salió de su ensimismamiento e instintivamente se llevó la mano a la nariz como había hecho tantas veces, en su delirio seguía oliendo a ella, como entonces, cuando se grabaron en su mente esa sonrisa, esos labios y su aroma virginal. Desde que se jubiló su única obsesión era volver al lado de su amada. Había vuelto a contactar por internet con Dorinda, ella le dijo que seguía amándole como entonces y que podrían iniciar de nuevo aquel amor juvenil y sentir de nuevo aquel placer infinito que nunca pudieron disfrutar y siempre desearon. Por fin podría volver a tener sus labios, su mirada, su sonrisa y sentir el aroma inmaculado que emanaba el sexo ardiente de Dorinda. Doblaban las campanas, Higinio salió a la puerta y vio pasar a un vecino. 

_ ¿Qué ha pasado? Preguntó. 

_ Ha muerto Dorinda, ha sido un infarto fulminante.

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