Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Carmela – por José Antonio García Villalta (Málaga)

Con mis dieciocho años cumplidos, mariposeaba yo con Carmela, quien, por pura intuición, estaba al corriente de casi todo y decía que conocía muchas cosas de los hombres. Acababa de cumplir diecisiete años, así que no se sabe de donde extraía su sabiduría. Aunque tardé poco en descubrirlo. Fue en el camino de Pozoblanco. Yo venía de poner unas trampas para zorzales. Carmela venía a su vez de dar de comer a las vacas. —¿Qué llevas? —preguntó burlona. — Nada, los zorzales andan escasos y no se me ha puesto… —¿Tú crees…? Esto me lo dijo Carmela con la picardía y la malicia de siempre. —¡Vale! Tu eres la pieza que se me ha puesto delante. —Apunta entonces… —me dijo ya riendo provocadoramente. Inconscientemente, por esas llamadas que parten de dentro sin saber cómo, le cogí una mano y echamos a andar hasta un cerro próximo, donde crecían jaramagos, violetas silvestres, espigas vanas y alguna carrasca. Allí nos tumbamos y yo le recosté su cabeza en mi hombro. Carmela se echó sobre mí riendo explosivamente, y yo me turbé mucho porque tuve ocasión de sentir la móvil turgencia de su pecho sobre el mio y el olor penetrante de su juventud sobre mi aliento, y los ojos tan cerca y tan brillantes, que parecían de un vidrio jugoso, limpio y transparente, con las córneas azules de blancas que eran, y las pupilas cambiantes entre verdes y pardas. Los pechos —merced quizá a su aniñado tamaño— se oponían a un ataque de la pesadez. Frente a su escasez, destacaba la firmeza de sus pezones, en los que forma y color se habían acoplado con una provocación y una solidez que me atolondraba. Contemplé sus muslos y la oscuridad excesiva de su entrepierna; soportaba con satisfacción aquella abundancia de la que en otro tiempo me habría abochornado. Entonces la acaricié y ella me llamó mimosamente bruto, con una dulzura que me pareció algo así como de miel, si es que no hubiera algo más dulce, que yo, por el momento, no recordaba. Un buen día, a poco de aquello, salí al paso de Carmela y le dije nervioso: —Mañana me voy a Madrid. —¿A qué? —me preguntó extrañada. —Pues a estudiar una carrera. —Irte a Madrid es una desgracia —me aclaró alarmada. —Y si me quedo lo serás tú.

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