Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Cabalgata de Placer – por América Martín Correa (Alicante)

Llegaron a ese campo que desbordaba verdes sinfonías, donde los organizadores les prometieron una cabalgata inolvidable. – ¡A nuestra edad es una fantasía ser Amazonas! – Dijeron las amigas reunidas allí para revivir tiempos de plena juventud.
Aunque su caballo era mayor, de paso suave y rítmico, tenía carácter vigoroso. Al montar su corcel no tuvo tiempo para verle la cara al jinete porque de un impulso la sentaron delante de él, quien con voz grave y melodiosa le dijo:

-coja fuerte la rienda que aquí vamos. Aquel hombre la sostenía con sus brazos y piernas, mientras ella se aferraba a las crines de su centauro que le hacía rebotar sus glúteos, inhalar el campo, la tierra húmeda, mientras el sudor de sus cuerpos acompasados en profundos movimientos al subir y bajar la grupa del animal, despertaban sensaciones de placer, de sublime inflamación que les recorre desde su sexo hasta exaltar fluidos, como venas del tiempo, mágica lujuria sonrojada de deseo, rota de ternura, muda de asombro…
-Entra y tómame ahora, hazme volar- ella solicita retorciéndose con la avidez que las largas noches han guardado en secreto olvidado. El viento levanta su falda ligera y la expone a las inclemencias del calor, que compite con el fuego intenso del viril del caballo, espejismo turbio que da rienda suelta a la lujuria de su acompañante.
El experto jinete responde a los improperios líbicos de su amazona, rodeando su cintura, presionando sus muslos y levantando su cadera hasta alcanzar la cima y envestir el anclaje de los sexos que tienen vida propia y desencadenan vibraciones pidiendo a gritos !más y más! para coronar con los pies afianzados en los estribos el ascenso de una cabalgata de placer, sacudida por latidos, gemidos y humedades, como ríos caudalosos que desembocan en un sopor de relajación, comparable con lo que el campo también puede ofrecer…
Los dos miran al frente como si el mundo se hubiera paralizado y ellos flotaran en él, mientras el animal sigue su viaje ya tantas veces recorrido. Con su lengua, el jinete dibuja en el cuello erguido de su dama una invitación sutil a desfogar a rienda suelta otra vez los deseos, la pasión incontrolada, soñada… lujuria vedada en sus lechos conyugales.

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