Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Bajo la parra – por David Palomo Alonso (Cáceres)


VIEJOS POYOS
Si hubiera hecho caso de los comentarios maledicentes de algunas de mis vecinas…. o tal vez, justamente, porque los tomé en cuenta y encendieron mi curiosidad, hoy tengo un recuerdo lejano, de luz mortecina, dulce y amargo a la vez, de las tardes de los veranos de mi adolescencia.

—Ese, ese lo que es, ¡es un fresco!, y “na” más, decía tía Amparo refiriéndose a Manuel…
Manuel rozaba los veinticinco años, muy moreno, algo menor que mi hermana Rosa. Solía regar la huerta de sus padres al atardecer. Antes de caído el sol llegaba a la puerta de su casa, donde muchas veces aún cosían su madre y su tía bajo la parra, siempre llegaba mordisqueando una hoja de juncia o una flor de poleo. Tranquilamente, apretándola y deslizándola, por sus carnosos labios, llevándola de un extremo a otro de su boca. Caminaba pesadamente con sus grandes botas de goma negras, con cierto brillo, que se quitaba con parsimonia, sentado en el poyo de piedra, allí las dejaba una junto a otra milimétricamente colocadas, calcetines doblados encima, y acto seguido se desprendía de la camisa, quedándose en camiseta blanca de tirantes. Colocaba la camisa con cuidado sobre el poyo, más allá de las botas. Su madre, o bien su tía, echaban una vaga mirada por encima de las gafas, era su saludo.
Manuel no se sentaba en el poyo, se sentaba en el suelo, y convertía la piedra en su respaldo, sobre el que apoyaba sus codos y arqueaba su espalda, en un movimiento que siempre me sobresaltaba, aireando sus peludas axilas. Sus pectorales se marcaban bajo la camiseta sudada por el trabajo. Cruzaba sus pies como si fueran los de un cristo, largos y huesudos, y los extendía hacia la calle, su dedo gordo apuntaba directamente a la puerta de mi casa.
A partir de este momento, como si de un ritual se tratase, más de una adolescente pasaba por la calle, interponiéndose entre Manuel y yo, que oculto tras las cortinas del ventanillo de mi casa veía como las dedicaba una sonrisa, torcida y apretada para que la juncia no cayese de su boca, y un guiño de sus ojos negros que cruzaba la calle, y me revolvía de una forma tan extraña y secreta en la penumbra del pasillo, desde donde yo observaba a Manuel. Sentía impulsos de cerrar el ventanillo, terror de salir a la calle y encontrarme frente a frente con él, pero deseaba con todo mi ser que otras chavalas paseasen la calle y por encima de ellas, Manuel me sonriera.

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