Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Baile en la Pradera – por Jesús Granja Antolín (Barcelona)

Iban a dar las ocho de la tarde y Marta seguía sin dar señales de vida. El sol se estaba ocultando lentamente al final de los últimos árboles hasta donde alcanzaba la vista y su
reflejo en el agua del lago, era cada vez más pequeño y mi decepción más grande.
Por fin, cuando mi paciencia estaba a punto de agotarse, vi aparecer un tropel de amigos por una de las laderas de la pradera avanzando hacia mí en medio de voces y música estridente, cargados con bolsas llenas de toda clase de bebidas, bocadillos, platos y vasos de plástico para inundar la montaña de punta a punta y contaminar el monte entero. Y al frente de todo ese ejército estaba Marta, comandándolo todo, con sumo garbo y energía natural.
¡Madre mía! Esa sí que era una fiesta por todo lo alto. Más de lo que yo esperaba.
Y es que Marta era. . . era. . . un torbellino, un vendaval y al mismo tiempo, su caminar era el de una sirena flotando en el agua sin tocarla. Sus giros y vueltas con el ritmo de la
música, tenían la gracia sutil de un pez jugando con olas invisibles.
El ligero viento del atardecer hacía volar su falda dejando al descubierto sus largas y torneadas piernas hasta la altura de los muslos que le daban un toque de sugerente erotismo despertando los más bajos instintos del deseo.
Marta era elegante, coqueta y sensual. . . y ella lo sabía.
Los rítmicos movimientos de su cuerpo aparentemente descuidados e inocentes dejaban entrever unos pechos firmes, turgentes y suaves.
Toda era ella era una hermosa criatura seductora y deseable.
Además. . . era moderna, romántica y divertida.
Sin embargo, yo era más bien clásico, práctico y realista.
Pero también era el único que podía decirle al oído las palabras más guarras y sucias que le hacían retorcerse y gemir de placer. Le encantaba sentir el susurro lascivo de mi
cuerpo penetrando en el suyo mientras iba narrando, paso a paso, lo que haríamos cuando estuviéramos solos, sin otros testigos que las sábanas de su cama. Era como radiar los acontecimientos de hacer el amor por anticipado.
Embriagado como estaba en mi ensoñación, alguien tuvo la feliz idea de poner música romántica, cálida y pegadiza.
–Calla, calla. No pares, no pares –Decía con voz trémula y entrecortada.
Así que. . . dejándome llevar por los acordes que flotaban en el ambiente y sus impulsos más ardientes, estreché fuertemente a Marta entre mis brazos hasta fundirme con ella.
Marta aguantó el tipo y replicó entre pícara y cómplice: ¿por qué no apartas el móvil de tu bolsillo?
Yo le contesté sincero: no lo llevo.

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