Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Aprendizaje – por Rosa María García Panera (Bilbao)

Desde el día en que Jacinto contempló a la señora bañándose desnuda en el recodo del río, vivía como obsesionado y sin poder dormir. Aquella hermosa mujer no se parecía en nada a las pocas chicas que había conocido en el pueblo, tenía unas piernas muy largas y una cintura fina, la melena tapaba apenas sus pequeños pechos que se balanceaban cuando ella daba saltitos al entrar en el agua fría. Al contacto con ella sus pezones se elevaban como buscando calor. Jamás había visto nada semejante y empezó a pensar en lo feliz que debía ser el señor por poder tenerla para el solo.
Era verano y la casa estaba llena, la familia al completo y algunos invitados. En esa época los campos estaban verdes y la niebla se enlazaba con las ramas de los árboles, formando un rincón discreto al amanecer, donde poder bañarse libremente. Jacinto estaba loco por madrugar más que nadie, ir hasta el río y trepar a un árbol, desde allí podría verla de nuevo. Absorta en sí misma la señora giraba y se acariciaba y volvía a girar fuera y dentro del agua y el muchacho se sentía cada vez más arrebatado por lo que veía y asustado por lo que deseaba tan vehementemente. Una mañana ella se tumbó entre la hierba y se entretuvo acariciándose el vientre y haciendo que sus dedos desaparecieran entre el bello rubio de su sexo. Jacinto notó la explosión de su sangre en el suyo y perdida toda precaución lo frotó con ambas manos hasta llegar a caerse.
Sentado en el banco de piedra del patio, con la pierna en reposo, se dedicó a soñar con lo que había visto y sentido y volvió una y otra vez a recrearse en ello, esta vez sin otro peligro que el de que alguien le viera en plena maniobra.
El verano estaba casi acabando cuando pudo volver a caminar. Lo primero que hizo fue acercarse al río de madrugada, deseaba volver a verla antes de que se fuera. Estaba loco, la señora podría ser su madre por la edad, pero la deseaba.
Estaba sentada a la sombra de su árbol, cuando le vio llegar le sonrió y le dijo que se acercara. Se moría de vergüenza. Ella le abrazó, le miraba a los ojos cuando puso su mano sobre su sexo y lo acarició, luego pasó la punta de su lengua por sus labios y le dijo: Creo que es el momento de que pruebes lo que has estado imaginando. Y suavemente lo tumbó en el suelo.

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