Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Antes de la Boda – por Pedro Muelas Colmena

Un barreño de agua caliente al lado del fuego, el refajo que había terminado de coser, el delantal verde, el corpiño y la camisa blanca nueva y suave como la seda. La cogí y acerqué a mi nariz, olía a primavera y a lluvia de verano. Volví a dejar la ropa a mi lado, me metí en el barreño, primero un pie, luego otro. Ya soy una mujer y tengo que buscar marido. La boda de mi hermanastra sería la ocasión perfecta. Sentí el agua caliente sobre mi piel, respiré hondo disfrutando el aroma del jabón de lavanda, no era como el que hacíamos con aceite de orza.
Me frotaba el cuerpo, quitando el polvo del campo, el sudor del trabajo. Mis manos llegaron donde no debían estar, pero tenía que limpiarlo todo. Me froté, me gustó, me sentí culpable. No estaba bien, pero era tan emocionante y dulce
como robar fresas en el huerto de los vecinos.
Me sequé y me vestí. Ya estaba lista para la boda, conocería a mi hombre y todo sería como dios manda. Fui a abrir la puerta, pero se abrió sola delante de mí.
El prometido de mi hermana. Mi corazón se aceleró. No podía estar ahí. No podía volver a ocurrir, iba a casarse con mi hermanastra. Entró sin preguntar. Le saludé.
No me contestó. Me levantó. Le cogí fuerte con los brazos como dos ramas que han crecido alrededor de una columna de mármol y ya nunca la dejan libre. Le pedí que me dejara en el suelo. Sonrió, me dejó encima de la mesa de la matanza.
Llevé mis manos a su refajo, duro como una piedra. No podía hacerlo otra vez, ahora sí sabía lo que estaba haciendo y era pecado. ¿De verdad lo era?
Tampoco mi padre era el marido de mi madre. Ella me enseñó que el amor no se compra ni con tierras, ni ganados de una dote. Las mejillas me ardían. Me preguntó si debía irse. Le dije que no. Se quedó. Recordé lo que me había enseñado en el pajar, aquella noche de tormenta. La ropa ya no nos molestaba.
Por favor, pensé, que lo haga pronto, antes de que recupere la cordura. Lo hizo, el tiempo se detuvo. Empezamos a movernos. Sentí como si un cubo de agua caliente me cayese encima, me faltaba el aire, quería más y también quería que
parase. Sentí que me llenaba. Jadeos y arrepentimiento. Todo había terminado.
Nos vestimos. Se marchó y yo fui a ayudar a las otras mujeres.
Todo el pueblo estaba en la puerta de la iglesia. Mi hermana, hermosa como la mañana con su vestido negro de novia. La miré, miré los campos, las espigas como lanzas y en medio de la llanura se alzaba el pajar.

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