Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

VIRGEN Y MÁRTIR por Marta Redondo Álvarez (león)

  Pepita se esmeró concienzudamente en apurar palabras obviando detalles, zurciendo anécdotas, acortando conversaciones.

  Las bases del concurso lo decían claramente: Microrrelato de tema libre de entre 200 y 250 palabras. Mordió el bolígrafo con fuerza haciendo peligrar una vez más el maltrecho esmalte de sus incisivos.

Y al final lo cuadró pensando que había llevado a cabo heroica gesta.

Primorosamente arropadito  introdujo el texto con unción en un sobre blanco y rauda y veloz lo llevó al Ayuntamiento, entidad convocante de tal evento literario. Introdujo su esperanza en la ranura del buzón municipal mientras notaba cómo el corazón le bailaba en el pecho con aires de golondrina jubilosa.

Ya veía los titulares de la prensa local: la bibliotecaria Josefa  Jiménez se alza con el primer premio en la XIII edición del concurso de microrrelatos de la localidad de Moral de Somoza. Ya se veía encumbrada saboreando los oropeles de la fama. Las felicitaciones de aquellos lectores a los que sorprendería saber que Pepi servía para algo más que para registrar entradas y salidas de documentos y colocar libros en estantes.

Larga, pues, se le haría la espera que antecede al triunfo.

Y  efectivamente, el tiempo se le pasó con el tedioso ritmo  de las tardes lánguidas de siestas de verano.

Pero finalmente el día quiso llegar.

El otoñal fallo era en el solariego edificio sede del poder municipal.

 Un único ganador o ganadora.

Apenas una docena de personas esperaban el veredicto. Había pocos presentados.

Y fueron la despistada alcaldesa acompañada de una ligeramente  longeva  concejala de cultura, las que anunciaron el texto ganador no sin cierta sorna.

  And “the winner is….Volver  al Sindueño”

   El arcano escritor que se había alzado con el premio pareció no sorprenderse demasiado.  Tras recoger desganadamente  el trofeo consistente en una bolsa de embutidos de la zona, comenzó a leer su relato el cual versaba  sobre los pormenores  de un río de montaña que nacía en una peña y discurría sereno por  pueblos y valles. Poco más sucedía.  Pero el  relato no acababa. Estaba ebrio  de monemas, lexemas, morfemas, palabras, sintagmas.  Pepita ojiplática, patidifusa y cariacontecida se preguntaba dónde había quedado la palabra 250 de aquel presunto  microcuento que crecía por momentos.

La  golondrina que anidaba en el pecho de la escritora  amenazaba con tornarse  en cuervo para  sacarle los ojos al incontinente escritor ganador.

Pepi notaba arder su rostro a la par que se sentía arrobada por    un justiciero   sentimiento de venganza.

Venían a su memoria  la Santa Inquisición, los índices de libros prohibidos, el garrote vil y demás formas de represión , escarnio y ejecuciones sumarias  que su exacerbada imaginación tuvieron a bien servirle.

Mientras, la alcaldesa miraba distraídamente sus largas uñas rojas y la longeva concejala de cultura luchaba por erguir una cabeza que reclamaba  hora de siesta.

Alguna tos de los asistentes quebraba la monotonía.

Y aquello no terminaba. El río Sindueño parecía talmente aprendiz del Amazonas.

El desganado  literato impenitente había entrado en bucle.

Su desbordante verborrea  era incontenible. Su estilo literario, falto de recursos, insufrible. Tanto verbo deshilachado comenzaba a taladrarle los oídos.

 Pero no hay mal que cien años dure, y el   novelón aspirante a microtexto afortunadamente finó. Y con él  perecieron las  esperanzas y sueños de Pepita, la bibliotecaria local.

La alcaldesa,  en deferencia a los escritores concursantes  asistentes al acto, ofrecióles  la posibilidad de leer las creaciones artísticas presentadas al certamen literario.

Pepita, vanidosilla en medio de su resignación,  solicitó educadamente el privilegio agradeciendo  la gentileza. Nunca había sido rencorosa.

La  concejala,  recuperada de su letargo, atenta y educadamente, le preguntó el seudónimo. Mientras,  la alcaldesa, se revolvía en su silla, reclamando con aspavientos varios,  la atención de un par de fotógrafos que eran testigos gráficos del evento..

Pepita hizo acopio de fuerzas en medio de su desánimo.

 Soy Josefa Jiménez pero mi seudónimo es  Clara Tongo.

Fue entonces cuando la edil tomó el sobre que contenía el incólume microrrelato de la bibliotecaria.

 La pequeña historia que aún nadie había leído.

  Y con descarada naturalidad, y ante la impasibilidad del auditorio y    la desolada mirada de la señorita Tongo, la alcaldesa  procedió a rasgar el sobre para descubrir su contenido virgen y mártir.

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