Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Una Mente Maravillosa – por Oliva García Diez (León)

La vida transcurría lentamente en aquel pueblecito de la Maragatería leonesa, aunque ya bien temprano los vecinos comenzaban la jornada atendiendo a su ganado, había que ordeñar a primera hora y a continuación dedicarse a las labores del campo. La atmósfera era de una belleza y serenidad impresionantes.

    Los frondosos bosques que rodeaban el pueblo le conferían un cierto aire bucólico y constituían una fuente de pasto rico y nutritivo para los animales que se criaban en un entorno absolutamente privilegiado desde el punto de vista ecológico.

   En este medio rural vivían dos hermanos gemelos felices con su familia, sobre todo José el menor de los dos que siempre fue el más divertido, porque aun siendo igualitos no podían tener una personalidad más dispar. José era el más despierto y agudo de los dos, era muy especial con una sensibilidad extrema y no paraba de inventar todo tipo de travesuras, igual iban a jugar con la peonza o las canicas, que cogían el tirador y jugaban al escondite, a la rana o hacían piruetas con las bicicletas.

   Ambos habían completado su ciclo escolar en la escuela del pueblo y debían seguir estudiando fuera de allí. Aquel talento de José no podía perderse, miraba a sus compañeros y adivinaba sus intenciones casi sin querer, tal era su nivel de intuición, contemplaba el cielo y las nubes se revolucionaban sin darse cuenta, parecía magia.

   Dada la precaria economía de la zona, el siguiente paso para los que valían para estudiar, por entonces, era el seminario, aunque la mayoría de los seminaristas terminaran por colgar sus hábitos antes de convertirse en sacerdotes, era el único camino para realizar estudios superiores de forma asequible. Y allí lo enviaron. Bastante traumático, sin embargo, que un niño de escasos diez añitos se viera separado de su familia y fuera obligado a permanecer solo, sin ver a los suyos en meses y meses.

   Para mayor abundamiento en el infortunio, los sacerdotes que se encargaban de los niños no siempre eran suficientemente éticos y responsables, cometieron abusos y serios errores en el trato con ellos.

   Posteriormente habría denuncias y niños traumatizados de por vida. Él fue uno de ellos. Años más tarde abandonaría el seminario y completaría su formación en la Universidad.

   La vida dio muchas vueltas, los años transcurrieron y tras su licenciatura el destino le dirigió a la enseñanza y en el ámbito privado a formar su propia familia.

   Y aquel chaval tan avispado que intuía los pensamientos ajenos y movía con su mente las nubes, era capaz de lo mejor y de lo peor, como todos los humanos, solo qué en su caso de un modo singular que veces podía resultar especialmente mágico.

   Y la magia, ¿Dónde quedaron la magia y la alegría? Se fueron quedando por el camino, enfermedades varias, sufrimientos diversos y avatares múltiples fueron amargando su personalidad y terminarían por deslucir sus increíbles habilidades.

   ¿Qué hacer para evitarlo? La vida nos supera muchas veces, con frecuencia nos coloca en tesituras increíbles, en circunstancias muy complicadas ¿Qué nos salva al final de la debacle?

   El amor y el humor nos salvan la vida. Saber reírse de uno mismo y de los errores cometidos ayuda a superarlos, y amar y perdonar son igualmente terapéuticos, ambos contribuyen a revertir, en gran medida, los daños sufridos.

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