Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

UNA COMBINACIÓN EXPLOSIVA por Purificación Rúiz Gómez (Madrid)

Siempre he sido muy optimista, así que andaba yo crecida y empoderada frente a los primeros escarceos de la menopausia. Total, todo eran ventajas. Y, por fin, ese famoso anuncio de mujer en rojo, saludando alegremente : “¡Hola, soy yo! ¡Tu menstruación!”, dejaría de tener sentido para mí. Hasta el momento, sólo había tenido algún golpe de calor, los conocidos como sofocos, que me sonaban a rancio y vintage, pero nos encontrábamos en verano y tampoco me sentía yo fina para marcar las diferencias entre lo hormonal y lo climatológico.

Era un viernes más y acababa de salir de clase de zumba con mis amigas. Enrique Iglesias, Ricky Martin y compañía nos habían hecho sudar la gota gorda. Mi pelo estaba empapado. Parecía recién duchada y mi cabeza ardía como si le hubiera dado vuelta y vuelta en una barbacoa.

Y así, asfixiaditas de calor, nos dirigimos a una terracita para refrescar nuestro castigado cuerpo y nuestro reseco gaznate con un gin-tonic. La verdad es que entraba fácil. Y me lo bebí rápido. Los sofocos, además, me dieron un par de avisos, y por no hacerles un feo, les proporcioné material de refresco. Charloteamos, descansamos, vacilamos y… llegó la hora de despedirnos.

Cogí el metro de la línea 4, la más pija de Madrid, esa que te pasea por Lista, Goya, Serrano, Velázquez… Y me quedé apostada en una de las puertas sin salida. Al llegar a Alonso Martínez, la marabunta en forma de jóvenes con mochila, señoras cargadas de bolsas, ejecutivos con maletín y un largo etcétera de fauna urbana, entró en el vagón llevándose por delante a todo bicho viviente. Y aplastándome contra la puerta sin piedad. Como soy de reducido tamaño, cual buena esencia, me agobió verme envuelta en cuerpos sudorosos, gigantes, fornidos y esplendorosos que me cerraban el paso. Un par de sofocos me brotaron con suavidad. Y un tercero dijo: “¡Aquí estoy!”. Ya no recuerdo más que ver todo negro y oír voces lejanas que exclamaban: ” ¡Dejarle hueco para que respire! “. Me había desmayado. Abrí los ojos y, desde mi perspectiva, descubrí varios rostros que me observaban desde arriba. Unos, asustados. Otros, risueños. Los más, con morbo y curiosidad. Unos brazos fuertes me levantaron y, muy diligente, una señora me dejó su asiento y su abanico. “¿Cómo se encuentra?”, me preguntó con amabilidad. “¡Estos sofocos! -respondí, buscando su complicidad- ¡Qué inoportunos son!”. “Sofocos le llaman ahora”, dijo una treintañera muy puesta y muy repija, “¡Si huele a alcohol!”. Y como un todo, el vagón y sus ocupantes con sus ojos clavados en mí. No me atrevía a decir palabra, no fuera que el aliento me delatara con sus vapores de gin-tonic, pero su comentario había dejado mi dignidad hundida. “Cosas de la menopausia”, comenté de cara al tendido. “Ya… menopausia, menopausia… “menosalcohol“, señora”, bromeó ella haciendo un juego de palabras. Algunas risitas acompañaron su gracieta.

Y  abanicando la incomprensión ajena a la par que mis calores, llegamos a Argüelles, final de trayecto.  Le devolví el aventador a su propietaria, mientras intentaba levantarme y hacer una salida airosa, como de vedette de revista. Con la cabeza muy alta. Las zancadas muy largas. Y  la sonrisa congelada.  Pero me quedó más bien de Yo, Claudio.

Moraleja: zumba, sofocos y alcohol, explosiva combinación.

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