Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Un Viernes de Novela – por Leonardo Gabriel Farias (Argentina)

Sergio se acostó pensando en el día siguiente, en el viernes. Para un oficinista el viernes siempre es un gran día, pero para él además era prometedor. Angela iba a ir al bar irlandés también. El tugurio de Chacabuco y avenida de Mayo era ficha puesta los viernes por la tarde. Y según le dijo Andrea, su compañera de oficina, Angela parecía estar dispuesta a salir con él si la invitaba.

  • “No te duermas, Seryi”, le dijo Andrea, porque Sergio era algo tímido y se les escapaban las mujeres como ticks le aparecían en el rostro y manos a la hora de hablar.

 “Esta vez, esta vez, la cosa viene distinta”, se repitió una y otra vez antes de cerrar los ojos y quedarse dormido. Angela solía ir de vez en cuando y si bien era amiga de Andrea había pegado buena onda, como quien dice, con el grupo de oficinistas que todos los viernes se quedaban hasta casi la media noche en el bar Irlandés y del que Sergio era miembro indiscutido.  Por la mañana no sonó el despertador. Se despertó media hora tarde. Un problema serio para él en ese mes que acumulaba varias llegadas con retraso. Se levantó de su cama, corrió al baño, se lavó los dientes, se duchó, se afeitó y se cortó. Agua oxigenada y gasita en forma de parche por un rato. Miró el reloj, eran las ocho y media, la hora en que tendría que estar bajando del tren en Chacarita. “Ya está, si desespero es peor”, pensó tranquilo y se vistió con camisa, traje y corbata. Mocasines lustrados y a tomar el tren en la estación Libertador, en la avenida San Martín. Esperó el tren en el andén. Cuando llegó no estaba semivacío como habitualmente lo encontraba todas las mañanas al ir a trabajar. Esta vez no cabía ni un alfiler. Junto a una señora gorda y un adolescente de pelo largo empujaron la masa compacta de personas que había dentro del vagón hasta poder entrar.

Las puertas se cerraron aprisionando el talón de Sergio, provocándole un intenso dolor que le hizo ver las estrellas. Las puertas se abrieron y se cerraron varias veces, en tanto sacó su pie. Finalmente viajó como sardina enlatada.

Llegó al edificio Roca, noveno piso, su lugar de trabajo. Entró y saludó a Cristina, la recepcionista, como siempre, como si estuviese en horario, y pasó directo a su box, pero el gerente, mirándolo de reojo detrás de los vidrios de su oficina, lo mandó llamar después de unos minutos. Cuarta vez que llegaba tarde en el mes. Llamado de atención. La próxima deberá atenerse a las consecuencias. La advertencia del gerente fue dicha con voz calma, pero contundente.Sergio regresaba a su escritorio, algo distraído, hasta que casi al llegar tropezó con el cable del teléfono del compañero de al lado, haciendo volar una taza de café caliente que cayó justo sobre su camisa. Un gran lamparón color café sobre la camisa celeste.

Se escuchó alguna risa por el fondo que le provocó ira, de esas que suelen poner a uno colorado de la bronca. Definitivamente, tenía ganas de ir a buscar al de la risita –ya sabía quién era– y darle una buena piña pero se contuvo y fue al baño para limpiar ese desastre. Hizo lo que pudo con la camisa. Lo que pudo fue muy poco, a decir verdad. Lo único bueno fue que hoy no le tocaba atender al público. Al menos encontró consuelo en eso.Mientras encendía la computadora reflexionó. No sólo el día comenzó muy mal, aún no promediaba la mañana y ya había pasado de todo.

  • “¡Hay que ponerle garra, vamos campeón!”, se dijo, “hoy va a ser un gran día”.

Pensó en la tarde, en Angela, tan linda. Angela, con sus rubios cabellos lacios. Angela y sus ojos color café y su sonrisa cautivadora. Entonces se sintió nervioso, ansioso. Cómo la iba a encarar, pensó. Pero todavía quedaba todo el día para pensar.  Se metió de lleno en el trabajo. Quiso entrar en el sistema para consultar unos expedientes, tarea pendiente del día anterior, pero algo no andaba bien.

Definitivamente sería un día difícil, pensó. Le preguntó a su compañero, el de al lado, qué sucedía con el software. “Se cayó el sistema”, le dijo. Entonces al archivo, en el piso de arriba, para consultar los expedientes. Buscó por la numeración, siguió los estantes y los encontró, pero un poco altos. Buscó la escalera de madera que siempre estaba ahí, pero no la encontró. Entonces trepó la estantería para alcanzar hasta las carpetas. El estante estaba flojo. La estructura comenzó a inclinarse hacia él y en cámara lenta vio caer los expedientes y la estantería sobre su cuerpo. El ruido fue tal que varias personas corrieron a asistirlo. Nariz cortada, pierna magullada, hombro contuso y mano izquierda lastimada. Recursos humanos, ART, dos días de licencia y a su casa. Regresó a su casa agotado, en el tren ahora vacío. Se sentó y viajo cómodo pero dolorido. Caminó rengueando sutilmente las tres cuadras que separan su casa de la estación. Llegó a su departamento poco antes del mediodía. Se cambió de ropa y se acostó en la cama.

Entonces pensó en Angela, en su sonrisa, y en lo que le iba a decir. Se sintió seguro. Andrea se lo había confirmado, Angela estaba con él. Y entonces pensó que no hay mal que por bien no venga. Ahora a descansar, tenía la tarde entera para planear una buena noche después de una mala mañana.

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