Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Un Pobre ignorante – por Freddie Cheronne (Segovia)

Estaba Marciano un día ahí, paseando por el campo como Pedro por su casa… como cualquier día de su insignificante existencia (¿he oído “insignificante”?), ignorante de lo que hoy estaba por sucederle (¿he leído “ignorante”?).
Marciano está enamorado de la luna. Bueno, de la luna y de la vida. A Marciano le gusta recostarse sobre la hierba y observar la luna. Pero no sólo en mitad de la noche; también a pleno día, cuando nadie le presta atención. Le fascina su presencia sobre el firmamento. Y diserta sobre si será el único que se habrá percatado de que ahí arriba hay un aro blanco dibujado sobre el azul del cielo. Juegan a buscarse entre las nubes y cuando ella se ausenta unos días, él la extraña; pero apenas regresa mostrándose como una ínfima línea curva, perfecta, inalcanzable, él le susurra al oído: “Cuánto me he acordado de ti intentando olvidarte…”.
El mejor momento del día es ese momento en que, después del almuerzo, Marciano se echa sobre una pradera y se pone a observar a su amor. Quizás en un reloj civilizado la manecilla pequeña dé unas cuantas vueltas sobre sí misma, pero para Marciano dura apenas un instante en el que al mismo tiempo se condensa toda la eternidad. Y eso le sabe a gloria bendita. Aunque sólo tiene dos ojos, además de mirar a la luna, también es
capaz de percibir lo que a su alrededor sucede justo en ese mismo momento, como que 37,2 litros de savia recorren las venas del joven roble de 91 años bajo cuya sombra se cobija, que una mariquita de la familia de las coleomegillas después de defecar sobre su zurrón se dispone a batir las alas para continuar sus 42,4 kms de vuelo diario, así como que Samuel Gómez de 11 años de edad observa fascinado desde la ventana de su cuarto
la sierra, que aún conserva algunos neveros, desde la ciudad que Marciano a su vez divisa a lo lejos sobre la llanura.
Todo esto y un número infinito de historias más suceden en este preciso momento presente, lo que nuestro amigo considera un verdadero regalo.
En éstas se anda Marciano cuando de pronto unos seres como venidos de otra galaxia aparecen en su campo de visión. Se trata de Javier, un joven apuesto con trazas de explorador que camina decidido hacia él y una preciosa muchacha de nombre Aurora
que camina unos metros por detrás luciendo un softcell fucsia, pantalones de microfibra ajustados y unas botas Boreal con los cordones dudasamente abrochados. Marciano observa curioso sus gafas de azul imposible y su tez sonrosada, cuando de pronto la chica expele un sonoro chillido que se extiende por todo el valle:
– ¡Javiiiiiiiiiiiii!
– ¿Qué pasa? – contesta él volviéndose alarmado.
– ¡Quítamelas! ¡Quítamelas! ¡Quitámelas! – dice ella con las manos sobre la cabeza.
– Pero, cielo, si sólo son ovejas…
Sin apenas darse cuenta Aurora se encuentra rodeada en medio de todo el rebaño. A Marciano sólo le basta pronunciar el nombre de Quía para que ésta reaccione rauda y en unos segundos disuelva a los ovinos liberando a la chica que se abalanza quejosa sobre el cuerpo de Javi. Éste se aproxima hasta Marciano.
– Disculpe, ¿usted sabe si a Collado Angosto salimos bien por aquí?
Marciano levanta su cachava y con ella apunta en dirección al mencionado collado.
– ¿Y no sabrá cuanto se tarda en llegar hasta allí…?
– Eso ya… depende de la rapidez del vehículo…
– Claro… – sonríe él con cara de circunstancia mientras Marciano y Aurora se miran intensamente a los ojos observándose con atenta curiosidad.
Durante unos instantes Aurora juraría ver reflejada la luna y hasta el Universo entero en las pupilas de Marciano, quien a su vez le cuesta dejar de mirar a Aurora pues su rostro le resulta extrañamente familiar.
– ¡Vamos, Javi! – le urge ella incómoda mientras reanudan la marcha. – ¿Qué pasa, que ya no te acuerdas de que soy alérgica al pelo de los animales…?
– Sí, mujer, pero no sabía que también a la lana…
Mientras Ken y Barbie aventurera se alejan, Marciano los observa sin dejar de preguntarse de qué planeta habrán llegado esos seres.
– Parecía que te querías quedar a pasar la tarde con él…
– Cielo, sólo le he preguntado para asegurarme de que íbamos en la dirección correcta.
– Pues a mí ese hombre me da miedo, Javi, qué quieres que te diga….
– Pero, Auri, si sólo es un pastor, mujer, no es más que un pobre ignorante…
Poco importa si Marciano les sigue oyendo o no. Él no es de los que acepten ese tipo de “regalos”. Su regalo es más bien volver a recostarse sobre la hierba junto a sus compañeras de viaje y seguir disfrutando de este preciso instante, de la hermosura de su amada luna allá en el firmamento y del presente que es la Vida.

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