Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Un Cambio de Aires – por Julia E. de la Iglesia (Argentina)

El alcalde de un vetusto paraje enclavado en un terreno de llanos interminables tenía

recientemente  una fama que lejos de ponerlo de mal humor parecía agrandarlo, disfrutando de su posición . Después de que Doña Erminda , su última esposa, lo pescara con una joven de ascendente y prometedora carrera en el despacho municipal , la fama de hombre dado a las nuevas conquistas le acompañaba sin reservas y no parecía incomodarlo, pese a los estragos domésticos que éste asunto le había traído.

Porque al comienzo Doña Erminda lloró su duelo, pero con el correr de los días , no

desaprovechó oportunidad para someterlo al escarnio público. Solía aparecerse por los actos donde se presentaba su marido y permanecía toda lívida, como un cadáver viviente , a su lado. Para que su sola presencia lo incomodara, revolviéndole la culpa.

El alcalde empezó entonces a mostrarle los esbirros que formaban parte de su

custodia ,como para disuadirla a que le continuara haciendo la visita, pero su mujer no parecía inmutarse. Además , ella de sobras conocía a los muchachos que formaban la custodia , tantas veces les preparaba las viandas con algún termo de café para pasar el tiempo cuando el alcalde emprendía alguna de sus giras por los vecindarios y había que aguantarle que se demorara por horas eternas. Un verdadero tedio para los hombres que tenían que esperarlo a la intemperie , ya sea que lloviese, hiciera un frío glacial , o el sol del estío quemara sin piedad.

Doña Erminda sabía por dónde encarar si se trataba de poner a prueba la fidelidad

del entorno que trabajaba para su marido. Por ejemplo , la pobre Alcira , su secretaria de años, también resultaba un blanco frágil. Alcira era un burro de faena para el alcalde, capaz de resolver con inmediatez la menor urgencia de éste, sin embargo, su trabajo estaba completamente subestimado. Y el incidente de la traición amorosa para con su esposa tenía a Alcira a maltraer. Una cosa era que después de años el señor alcalde se decidiera a tener alguna cosilla con ella , que bien que se lo aguantaba a toda hora,  y otra bien distinta era que optase por brindarle atenciones a esa joven pasante que lo llevaba loco , haciéndole pasar el ridículo, exponiéndose así, sin ninguna cautela.

En fin, por diversos motivos , los nuevos amoríos del señor alcalde no encontraron

un público nada predispuesto para gozar del espectáculo,  y Doña Erminda pudo cobrarse el escarnio público como más le apetecía.

Claro que su marido pronto acusó el impacto de la estocada y su determinación dejó

a sus vecinos totalmente incrédulos.

La nota de renuncia apenas se leía en el pequeño rectángulo de papel que dejó sobre

el escritorio de su despacho. “Imposibilitado de continuar ejerciendo el cargo, renuncio en forma indeclinable al mismo. Parto en búsqueda de nuevos aires…  Dios les guarde…”.

Y ningún rastro más delató en adelante su destino.

Doña Erminda asistió todavía a un par de ceremonias que ya no precedió su marido.

Su sombra errante seguramente anhela toparse con él para hacerle esas preguntas que siguen estrellándose en el silencio. Pero el hombre que abandonó sus funciones en búsqueda de nuevos aires, probablemente sea ahora un desconocido, un forastero que acaso esté aprovechándose de su condición escribiendo otra historia de mentiras y de escarnio.

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