Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Tecnología en Clave de Humor – por María Gabriela Gorches Guerrero (Francia)

Moderna, más bien actual, así se considera a sí misma Isabel. Informática gracias a los estudios que hizo en los años… Pionera en el mundo de la computación y las telecomunicaciones, se mantiene al día de las novedades en todo tipo de aparatos, programas y apps, para la tableta, el móvil, la tele, vamos, todo de todo. Rara vez pide ayuda a alguno de sus hijos… un poco con el teléfono de vez en cuando; en cualquier caso sólo si ni Tito ni ella tienen tiempo de arreglarlo. Nunca ha entendido por qué, de la nada, su móvil a veces se queda pasmado; menos entiende el cómo los jóvenes lo desbloquean sin necesidad de consultar el manual del usuario. Por supuesto que los hijos de Isabel no tienen ni idea de cómo se construyó el primer chip de la historia, de que un byte se compone de bits y de que en uno solo de estos bits es donde se localiza una falla cuando la hay. ¡Vamos, que eso no lo sabe ni Tito! Tampoco se imaginan cómo, detrás de la voz de chica que sale del gps no hay sino un algoritmo primario y básico. Isabel permite que su gente no sepa nada de nada, qué más da, con que le resuelvan a ella el problema inmediato ya se sienten como pavo reales. Si no actúa sola y siempre que algo se le dificulta les llama, es solo porque eso es bueno para el ego de los jóvenes y, por consiguiente, de su desarrollo emocional. A mí no me quita nada, piensa, se dice que si realmente tuviera que enfrentarse a los desvaríos del móvil con sus propios conocimientos una dosis pequeña de paciencia haría que lo encontrara chupado.

            Hace dos semanas Isabel descubrió unas fallas: el teléfono saltaba de contacto en contacto y de mensaje en mensaje hasta que de repente se apagaba sin previo aviso. Después de correrle las actualizaciones posibles se lo comentó a Tito en la sobremesa de una comida deliciosa, como para hacer conversación. Él lo revisó cuando se levantaron de la siesta y le hizo muchas pruebas, pero nada, las fallas seguían, así que entre los dos decidieron correr a la Apple. Para acortar la historia, aunque no las horas que tuvieron que esperar hasta que el técnico les dijo que ya no servía, no quedó sino comprar un móvil nuevo. Para qué contarle a los hijos, acordaron, con lo tacaños que son seguro habrían salido con que tenían un reparador maravilla que les habría ahorrado el cambio. Se tomaron una selfie en un café en el centro comercial y la enviaron al chat de la familia con el mensaje, tarde de compras y café.

            Resultó que a la semana el aparto empezó a dar problemas: al contestar una llamada no se escuchaba nada. Porque no quería alarmarse, la dueña dejó pasar los días, se dijo que ya tendría un rato para revisar con calma y en alguno de los parámetros daría con un volumen reducido al mínimo. Tito tampoco se tomó a pecho el desajuste, hasta que le tocó estar del otro lado de la línea sin poder ponerse de acuerdo con Isabel que, por más que gritaba en su extremo, no lograba entender ni el lugar ni el punto de reunión que proponía Tito. Ya en su casa, el marido de la afectada se dio a la tarea de peinar parámetros en busca de alguna bocina desactivada: nada. Isabel hizo cita en la Apple. En la entrada se toparon con un host tan amable que ni los volteó a ver. Les dijo que la espera con todo y cita sería de unas tres horas, pero de cualquier forma, ¡grandiosa noticia!, si la compra había sido hacía menos de veinte días, les cambiarían el móvil aun sin revisarlo si llevaban la envoltura original. ¿Qué hacer, esperar la cita o volver a casa por la caja?  Si corrían alcanzarían a conservar las dos opciones. Camino de regreso se ganaron varias mentadas de madre y un flashazo de la máquina que los captó a exceso de velocidad: poco les importó, al final hasta una multa valía la pena. Un poco inseguros del cómo, entre el nervio y la emoción, arrancaron el procedimiento para hacerle al teléfono estropeado una copia de seguridad, mientras tanto, reunieron factura, protecciones plásticas, instrucciones, audífonos… ¿qué más venía en la caja? Era ya pasado el mediodía cuando, hambreados pero contentos, cruzaron la puerta de la tienda justo cuando Isabel recibía un mensaje diciendo que el técnico estaba listo para revisar el móvil dañado. Los recibió el mismo host que no recordaba el caso; ni falta que hiciera ante una factura de menos de veinte días. Llamó a un subalterno y le indicó que se encargara de hacer una reposición por un teléfono nuevo. No fue sino hasta que Isabel entregó el paquete que el dicho host estiró al máximo su sonrisa fingida para dirigirle la primera mirada: ¿ha estado usando su móvil con la mica que trae sobre la pantalla? ¿Cuál mica?, respondió ella. Esto forma parte de la envoltura, dijo el tipo dirigiéndose a su compañero. Luego despegó el plástico mientras se reía a carcajadas en dirección a la pequeña multitud que, en fila detrás de Isabel, esperaba su turno. No se puede oír la bocina si se cubre el auricular, agregó en la voz más alta que pudo, y volvió a reírse a carcajadas.       

            Saliendo de la tienda con el móvil recién reparado, Tito hizo una selfie de los dos y la envió directamente al chat familiar. Isabel no dijo nada, sólo abrió su bolsa donde Tito puso el teléfono. Ni una palabra de este episodio a los hijos, se dijeron sin necesidad de hablar, el mismo acuerdo que habían alcanzado aquel domingo en que tuvieron que esperar dos horas al mecánico y pagarle cien euros para que les dijera que la moto no funcionaba porque Tito había olvidado darle vuelta a la llave de encendido. 

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