Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Té Para Dos – por José Ignacio Ceberio Sainz de Rozas (Bizkaia)

Nada más entrar en el apartamento supo que algo iba mal. Al llegar al saloncito la encontró sentada en el tresillo azul. Iba de calle, arreglada; estaba guapa de verdad. Cumplidos ya los cuarenta, había adquirido ese lustre elegante que sienta tan bien a las mujeres hermosas. A su lado, discordando con los muebles de la habitación, reposaba una pequeña maleta de ruedas.

Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos. Ella se removió inquieta.

–Me voy.

–Ya veo. Podías haber avisado que salías de viaje, nunca me cuentas nada. ¿Y a dónde, si no es indiscreción?

–No te hagas el tonto, Alex. Esta vez es para siempre.

–¡Pero qué dices! Estás de broma, ¿no? –Sí que parecía un memo, plantado ahí de pie, con una mueca ridícula que intentaba hacer pasar por dignidad ofendida.

La mujer aparentaba tranquilidad, pero él apreciaba nítidamente la vena de su cuello, palpitando, tic-tic, como el mecanismo de relojería de una bomba a punto de estallar. Prudencia, chico.

–¿Qué he hecho ahora? No importa, da lo mismo, sea lo que sea te pido perdón. Últimamente…

–¿Qué es últimamente, un día, dos meses, diez años? Todos son conceptos difusos, como tu propia vida. No, esto no se arregla con un perdón. Siempre «mañana», siempre «cambiaré, ya verás». He dejado de confiar en tus promesas. Si alguna vez empiezas a comportarte como un hombre, yo ya no lo veré. Lo único que he tenido a mi lado ha sido un crío inmaduro –tic-tic-tic, horror–. Y yo, qué he sido para ti, ¿eh? El paño de lágrimas y la criada; la que plancha, hace la comida, limpia… Nada más, nada más.

En aquel momento cualquier otra se hubiese echado a llorar. Ella no. Era dura como el diamante, Álex lo sabía bien.

–La criada, ja –remató con gesto altivo y la vista fija en la pared de enfrente.

–Calma, estás nerviosa. Siéntate y vamos a hablar, ya verás cómo todo se soluciona.

–Estoy sentada, idiota. Y claro que se va a solucionar, porque esto se ha acabado. Todavía tengo un futuro, ¿sabes? Y respecto al pasado, se borra y en paz.

Pensó en tomarla de la mano, pero la vena, Jesús, esa vena con vida propia, le inmovilizaba. Allí estaban, un conejo frente a una cobra.

Ella se levantó, alisándose la falda, y sacó el asa extensible de la maleta.

–No te preocupes, me llevo lo imprescindible. La casa, el coche, quédatelos. Pero a partir de ahora las facturas las tendrás que pagar tú. Ah, y la nevera no es un aparato generador de comida, hay que llenarla de vez en cuando. En cuanto a los otros electrodomésticos, que Dios te ampare si quieres ponerlos en marcha sin ayuda, con lo inútil que eres.

–¿A dónde irás? Recapacita, mujer.

– Ya tengo a dónde ir. Julián me está esperando abajo en el portal.

–¿Cómo que Julián? ¿Quién es Julián? Oh, oh, no me digas que… Pero, pero…

–Eres patético. Llevo un año saliendo con él. Me comprende, me ama, me escucha.

–Qué tópico, los reproches, el amante, el portazo y yo soy el malo. ¿Desde cuándo te ves con ese tipo?

–Me escucha, él me escucha.

–Mira, cállate, que no sé ni lo que estás diciendo. Pero para qué discutir, si ya está todo decidido, ¿no?

La mujer abrió la puerta. Su mirada recorrió lentamente la habitación, eliminando con impiedad todos los detalles de la misma y se detuvo en el rostro descompuesto de Álex.

–Cuídate.

Un lama tibetano hubiese puesto más emoción a esa última palabra. Se dio la vuelta. Sonó por el pasillo el chirriar de las pequeñas ruedas, la puerta del piso, el ruido metálico del ascensor; y luego, el silencio.

Sin saber cómo se encontró tumbado sobre la alfombra, enrollado como una oruga azuzada por un palo. Se puso a hipar, con gemidos entrecortados. Las lágrimas rodaban por dentro, gotas de ácido quemando los intestinos. El vacío comenzó a dolerle casi instantáneamente. Por qué era así la vida. Qué fácil sería el tú no me quieres, pues yo tampoco, y se acabó el asunto. Pero no, la seguía queriendo. Y, lo que era peor, para su vergüenza, la necesitaba.

Dormir, olvidar, despertar dentro de cien años. Cabrona, si pensaba que iba a estar mejor con ese desgraciado… Años soportando imposiciones, órdenes; todo tenía que hacerse a su manera. Ahora él, él, iba a empezar a vivir, ya vería.

Pero qué estaba diciendo. Mejor morirse.

El timbre del teléfono lo sobresaltó. Se incorporó, esperanzado. Ah, ya se estaba arrepintiendo, qué pronto llamaba para pedir perdón. Tosió, aclarándose la voz. Qué decir, ¿olvidarlo todo con magnanimidad, o arrastrarse como un gusano y suplicar su regreso? Como un gusano, claro. Preparándose para el babeo descolgó con aprensión el auricular.

–¿Si? Ah, eres tú, Teo. La partida de esta noche, ya. Pues no voy a poder ir, estoy fatal. ¿Que qué sucede? Mi madre, que se ha ido de casa.

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