Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Subterfugio en Tres Cartas – por Mauricio Francisco Jarufe (Perú)

Subterfugio en tres cartas

Para A.H.

Déjeme decirle, y con todo cariño, que es un tremendo papanatas. No, estoy siendo muy cordial. Un imbécil. No, tampoco hay que perder la compostura…llamémosle orate. O tremendísimo palurdo. Como sea, deberá entender que el asunto es de gravedad. Sepa usted que para la tarde de ayer -y en plena celebración de su onomástico- luego de haber sido deleitado con una cuidadosa selección de vino y marisco, empecé a sentirme indispuesto: lo que al principio parecería una tos incontrolable pareció descender por mis intestinos y convertirse en un feroz ataque de flatulecias. Ir a los servicios no fue para nada sencillo: la fila era interminable por lo limitado de los váteres y, para cuando puede aproximar mis posaderas a la tapa del excusado, sentí cómo un sonido gutural parecía retumbar en mis entrañas. Deberá saber que terminé expulsando un poco más que azufre: me hubiese atrevido a decir que se trataba de material proveniente del mismísimo infierno. Entenderá que debería ampliar sus servicios, en caso no quiera afectar las necesidades básicas de la mayoría de sus invitados. Pero bueno, ese es motivo de otra misiva. Fue en el momento en que estaba dejando el pequeño receptáculo de residuos cuando me acerqué al lavabo y me restregué fuertemente las manos a ver si así podía retirar aquel olor sulfúrico, que dejé olvidada mi chequera. Esto no sería un tema a reclamar -más aún, considerando su fama de caballerosidad y buenas costumbres- si no fuese porque dentro de aquella pequeña pieza de cuero e hilos bordados, residían notas bancarias por un valor aproximado de Diez mil setecientas veintisiete A…,* los cuáles, por supuesto, me pertenecen. Caí en mi error a la mañana siguiente, cuando, en plena faena al tirar trozos al río -mis posaderas aún sufrían las penurias de la reunión pasada-, cuando aquel peculiar olorcillo me hizo acordar de mi chequera. Fue tal mi apremio por recuperar la cartera que hasta mis propios fluidos regresaron a mi cuerpo mientras salía despavorido de la letrina. Debe saber que llamé varias veces a su propiedad -con tal vehemencia que ni siquiera me había enjabonado los brazos- y afirmaron que no había noción de tal objeto en su residencia. Me dirá que le acuso sin ninguna prueba, pero es que sí la hay: me dijeron que, para cuando iba despidiendo a sus visitas, despedía, y por alguna extraña razón, un particular olorcillo a porcino…un hedor difamatorio, un aroma tan solo proveniente del retorcido fondo de la maldad y del fondo de mis intestinos. Aquel olor solo se le pudo hacer impregnado desde mi chequera: en el momento en que la puse a buen recaudo, sin planearlo la tomé más de lo debido y le impregné aquel olor peculiar. Eso queda claro. Pensándolo bien, creo que usted es apenas un mentecato. Un berzotas, un cenutrio. Un tipejo con modales de orangután, ni menos, actitud propia de mandril. Un caracandado y bocachancla. Me temo que debo ser directo con mis categorizaciones…es usted poco más que un grandísimo cagueta. Bueno, tampoco quisiera ser muy drástico con los términos elegidos. Pero sí, eso es lo que considero. Espero que todo esto se trata de poco menos que un malentendido entre dos amables conocidos y que pueda absolverse con una pronta disculpa de su parte y con la devolución de la materia en cuestión, la cual, muy probablemente, ya esté en una condición por lo demás fétida.

Espero su pronta respuesta.

Cariños y reconocimientos.

Y.Z.

PD: Recuérdeme que, para próximas celebraciones en su cocina, me abstenga de consumir mariscos u cualquier otro fruto del mar, por mi bien y el suyo propio.

PD II: Lamento haberle llamado grandísimo cagueta. No quiero ofender su honor ni ser malagradecido con su atención Dejémosle en orate y berzotas.

*No pongo la cantidad exacta para evitar líos. Ya sabe cómo son en el correo. En todo caso, he puesto un monto genérico, nada más. Para que se vaya haciendo una idea.

Para A.H.

Estimado. Hasta el día de hoy no encuentro respuesta. Le recuerdo que tengo pruebas concluyentes de su culpabilidad: el peculiar aroma de alguien que ha sentido la llamada de la naturaleza y no el hecho de que no haya tenido mucho tiempo como para poder desprenderse del hedor. En todo caso, sé por fuentes confiables que usted no fue a resolver el asunto turbio, por lo que no hay excusa; usted ha hurtado mi preciada chequera luego de que yo haya ido a liberar a los rehenes. En todo caso, espero su pronta respuesta y las excusas propias del caso.

Saludos cordiales

Y.Z.

Estimado…

Me temo que se ha pasado buena parte de su argumentación detallando la distópica experiencia de su visita al excusado y el que le venga la inspiración…lamento informarle que, luego de pensarlo mucho, decidí no ignorar su querella y, en efecto, realizar una exhaustiva pesquisa para llegar al fondo de todo esto. Deberá estar enterado de que usted no posee ni ha poseído chequear alguna; y que, tomando en cuenta a fieles testigos, se encuentra en una riesgosa situación económica, adecuada, digamos, para el soborno. Si a eso le agregamos el hecho de que numerosos testigos reportan una actitud exagerada -un fino teatro, de seguro- a la hora de alegar la necesidad de ir y darle sabor al caldo, pues me parece que su historia no llega a ser veraz. Lamento ser así de certero con mi narración histórica, pero no quería permitir que termine haciendo tremendo papelón frente a las autoridades. En todo caso, le invito a que, si aún tiene sospechas, vaya y les relate esta historia sobre su ida de vientre… ¡de seguro que la recibirán más que encantados!

Un saludo

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