Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

SÓLO POLVO VERDE por Juán Ignacio Ferrándiz Avellano (Madrid)

“Señor juez:
Llegado el momento infausto de tener que poner fin a mi vida pienso que el único alivio que me queda es poder contarlo todo, después de ocultarlo tanto tiempo. Espero que al encontrar esta carta junto a mis restos mortales sepan entender sobre todo que por muy increíble que les parezca, lo que escribo es la pura verdad.
Lo primero es que no soy Obdulio Tizón, el que durante más de 30 años ha ejercido de notario en Talavera de la Reina; soy lo que ustedes llaman un extraterrestre. Sí pásmense. El sesentón rechoncho de cabeza pelada, papada y fino bigotillo al filo del labio, que viste con tirantes y es la imagen de la adusta seriedad que exige mi profesión es en realidad un ser de una galaxia muy lejana. Mi verdadero nombre no viene al caso; baste decir que en mi idioma nativo suena como cuando se rompe un suéter. El planeta del que vengo más allá del fin del firmamento está según uno llega a la constelación de Orión, la segunda galaxia empezando por la derecha. Allí las ciudades son infinitas luces esmeraldas en la perpetua oscuridad, como las luciérnagas de los matorrales, y en cada una, millones de paisanos consagran su existencia al disfrute de la música y de los placeres mundanos. Hay diecisiete sexos y cada uno de nosotros pasa en su larga vida por todos ellos; por eso no existe ni el dinero, que sirve para empobrecer al que no lo tiene, ni la bragueta, obstáculo inapropiado para nuestro frenesí sexual. Nuestras vidas duran no menos de 500 años de tal forma que si alguien muere a los 400 sus familiares lloran desconsolados pensando en que al pobre no le dio tiempo a disfrutar de la vida. Yo tengo 267 en estos momentos, dato que de por sí muestra la desesperación que me mueve a tomar esta precipitada decisión. En mi planeta cuando uno no es completamente feliz durante más de un día es sometido a rigurosos controles médicos encaminados a restaurar con urgencia la situación de la que no debió salir. Somos amigos leales, amantes comprensivos y familiares generosos, virtudes todas ellas nada frecuentes en este ridículo planeta azul, como he podido comprobar en mis décadas despachando liquidación de sociedades, divorcios y herencias en Talavera. Y se preguntarán; si todo es tan perfecto en mi planeta ¿cómo es que me vine a la Tierra? ¿cómo es que soy notario?
Ciertamente la curiosidad no es sólo patrimonio de la condición humana, sino también de cualquier otro ser entre los que me incluyo. En la tierna juventud en la que vivo mi impulso fue conocer otras civilizaciones y resulta difícil no sentirse atraído por una tan rústica y atrasada como la suya. Cuando decidí emprender el viaje, mis 7 padres me dijeron: “No te saltes ninguna de las 9 comidas diarias, duerme tus 15 horas y sobre todo, evita caer en los defectos de los hombres”. Yo les respondí: “Descuidad. Sólo estaré 70 años y vuelvo”. Por eso cuando alunicé en su planeta abduje al notario de Talavera pensando que su profesión sería la ideal para conocer tan de cerca en los tratos de los humanos sus virtudes y sus defectos, con la amplia variedad que él conoce.   
¡Qué lejos estaba de saber que de todos los defectos de las personas hay uno particularmente cruel del que es imposible escapar¡ El amor.
Y es que en cierta ocasión al despachar la partición de bienes de una pingüe herencia conocí a Ágata, viuda del causahabiente. La primera vez que entró en mi despacho y cruzó las piernas que emergían como periscopios de una mínima falda de luto negro sentí que mi cuerpo de Obdulio se convulsionaba, palpitaba taquicárdico mientras al leer el documento empezaba a balbucear. ¿Qué decir de los males del amor? Usted señor juez instructor a buen seguro como terrícola ya los habrá experimentado. La amé desde el principio no hallando la única cura que esta enfermedad tiene; ser correspondido. Cuando después de varias entrevistas con ella en que el mal iba en aumento un día me decidí a declararla mis sentimientos y ella se rió. ¿Qué digo se rió? Se carcajeó. Mi ridícula baja estatura, mi gesto taciturno, mi cabeza inflada y pelada y mi traje negro con sus tirantes que holgado bailaba sobre mi cintura barrigona, se le hicieron cómicos. A ella, que acababa de salir de una desgracia que hace llorar al más pintado, mis sentimientos sólo le provocaron risa. ¡Oh malvados terrícolas¡ ¡Estirpe cruel y despiadada¡ Si en vez de ser de mi planeta, Ágata se hubiera reído de uno de Gamínedes, la Tierra y la condición humana habrían tenido sus minutos contados, pero los de mi planeta somos pacíficos y por eso encamino la violencia hacia mí mismo.
Ahora ya lo saben, seres minúsculos, sin fundamentos, ni inteligencia; van a saber que no están solos en el universo por este notario de Talavera.
¡Adiós mundo cruel¡
Nota PD.- Les recuerdo que son nulos de pleno derecho todos los actos ejercidos por quien simulare bajo condición de funcionario contar con la potestad de representar a los poderes públicos, de acuerdo al Código Civil y la Ley del Registro de la Propiedad. Esta es mi venganza: todo lo que he firmado en los últimos 30 años no tiene validez, por lo que las viudas deben devolver el dinero, los hijos legítimos vuelven a ser ilegítimos y los terrenos vuelven a ser de los que en su día los vendieron. Si empiezan a ver todos los casos que certifiqué en tantos años de ejercicio repararán en que es el caos de millones de personas y bienes según sus propias leyes”.
            El policía descolgó los tirantes que colgando de la lámpara habían sido atados con habilidad formando un lazo y le preguntó al juez instructor que sostenía en sus manos temblorosas la carta recién leída:
–          ¿Recogemos el polvo verde que hay en el suelo para realizar una autopsia? – y señaló un montículo de sustancia arenosa que se amontonaba entre los restos de un traje, de unos zapatos y de una corbata.
–          No. Tírenlo a la basura. Es sólo suciedad que ha entrado por la ventana. Aquí no ha muerto nadie.

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