Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Sin Título – por Inés Susana Fragassi (Argentina)

Mara no creía en los milagros hasta que, sin saber, sin querer y sin buscarlo, aconteció uno en su lugar de trabajo.                                                                                                                                                  Un milagro para que se precie de tal -y aunque Mara no lo había teorizado nunca-  debe reunir cuanto menos algunas características a tener en cuenta, la espontaneidad, lo oportuno, lo inesperado y sorpresivo, y si se quiere agregar… lo sobrenatural, aunque se podría  prescindir de esta condición, ya que aunque acontezca en la secularidad concreta y extrema, lo contingente se convierte en determinante y lo aleatorio en decisivo.                                                                                                       Retornando el suceso, y como quedó enunciado en las premisas y justificaciones anteriores, no es la magnitud del hecho, ni su extensión ni trascendencia, es más bien, lo pertinente e impensado, lo apropiado y resolutivo, lo que le da la premura a anunciarse como acontecimiento milagroso.                        Era el inicio del verano, y con él, los miembros de la sociedad se disputaban entre el sometimiento a los avatares del calor o a las incomodidades de la moda, siendo que a veces se complementaban, otras se sustituían y otras alteraban simultáneamente el devenir cotidiano de sus habitantes. Tal la situación de Mara, que adquirió unas sandalias para acompasar al grito último de las tendencias,  favoreciendo así,  al desarrollo consumista de la actualidad, mientras que los pies afligidos debían soportar sus consecuencias.                                                                                                                                         Es en este punto donde se hace imprescindible una pausa en el relato, para poder disertar sobre las dificultades de los calzados modernos, que atentan sobre el formato y funcionalidad de los pies, por ende y consecuentemente, se tornan causa de diseños y estructuras cada vez más absurdas que vuelven a recaer sobre los signos y destinos de nuestras bases. Sintetizando, interrogaría… ¿Si la moda deforma los pies, o los pies deforman a la moda?… Convirtiéndose en otro de los tantos enigmas no resueltos de la humanidad, que se suman a los demás, históricos y problemáticos, como la metáfora aristotélica sobre si fue primero el huevo o la gallina… Tal vez el futuro de la humanidad pueda ayudar a dilucidar estas cuestiones.                                                                                         Con la estructura de sus bases alteradas y el abuso de sus sandalias nuevas, las secuelas sobre su piel eran notorias, produciendo heridas, que si bien no eran profundas, resultaban lo suficientemente incómodas como para su andar diario, pese a lo cual su obstinación por la moda imponía el uso de su nuevo calzado, además, y no es un tema menor, el costo del objeto era tan sustancioso, que opacaba cualquier otro sufrimiento que provocara.                                                                                                Decir que el complemento perfecto eran las banditas adhesivas, parecía  exagerado, ya que resultaban insuficientes al roce continuo del material sobre la dermis dañada, ocasionando sin más, el desprendimiento del accesorio. Mara, era previsora, por lo que guardaba en su cartera una caja de diez unidades como se  comercializaban, la que a costa de continuas extracciones, iban agotándose, distrayendo al más avezado control. Fue así que al llegar a su oficina, observó el pequeño estuche vacío, careciendo entonces del artilugio defensivo y con las heridas a flor de piel.  El dolor provisto de sangre, alertó a la víctima, atemperando el suceso  con unos pedazos de cinta adhesiva de oficinista que completaron la venda original. Era  lo único que la joven tenía a su alcance… la calma fue inmediata, pero sin persistencia, siendo que el pegamento impreciso sobre la humectación natural, pronto daría signos de deterioro, divorciándose de su apoyadura.                                       Disimulaba a la visión de sus supervisores, pese a que su rostro delataba malestar… En un acto de arrojo, se dirigió al comedor, un poco caminando, otro rengueando, a saltitos a veces, y en todas las ocasiones señalando  improperios anónimos, abstractos diría, sin indicación precisa del destinatario, pero enérgicos y contundentes, trascendentes al espacio terrenal y superando las corrientes contiguas. La damisela, formal por excelencia, cortés y sensata, entremezclaba su protesta, con un discurso agradable, que incluía por supuesto su padecimiento, y desdicha. ¿Quién no ha comprobado a lo largo de los tiempos, que un zapato ajustado, un cayo, o una pequeña incisión que nos afecte, tiene un valor superlativo, que potencia nuestro egoísmo estructural, imponiendo su jerarquía a cualquier otro sufrimiento humano, de la gravedad que sea?
Este era el caso de Mara, que lejos de salirse de su zona de no confort, se sumía en ella, de una forma precisa y exagerada, haciendo caso omiso a su compañera circunstancial, con un dejo de estima y su indiferencia prevalente.                                                                                                                             Mientras recorría el predio, brincando y rebotando, a lo lejos, entre el pasto crecido y el sol rajante, brillaron dos pequeñísimos sobrecitos con apósitos adhesivos, de aquellos que exhibían  la marca más popular, la que imponía el nombre genérico de todas.  Íntegras y cerradas, aptas para el uso, con el pegamento virgen y justo que garantizaba su uso.                                                                                                                                       Dos… como sus pies, dos… como sus heridas, dos… inquietantes bálsamos para sus carnes sufridas… Sin un pedido explícito, sin esperanza alguna, solo la voz de la miseria clamando silenciosa un milagro… ¡Y aconteció!                                                                                                              Dos bandas adhesivas dispuestas y disponibles, de color piel, favoreciendo al disimulo y a la estética. ¡Un milagro digno de las grandes devotas y de fieles testigos!…                                                         A gritos Mara anunció su gracia y su suerte, sintiéndose la elegida y señalada por la magia de lo fortuito,  entonces,  con lágrimas en los ojos, las tomó,  las abrió, las despegó cuidadosamente y  se las colocó…                                                                                                                                    Palabras, sonidos, gestos… todo parecia acordar con el suceso misterioso… revistiéndole, sin dudas, el carácter de milagro.   Todo,  salvo su compañera, escéptica e disconforme, inconexa e insatisfecha,   ávida y desconfiada solo atinó a decir…  -Milagro… milagro sería si te hubieses curado-                                                                                                                                      Luego de lo cual, ambas olvidaron el suceso y siguieron trabajando, como todos los días, pero ese mediodía, Mara recobró su sonrisa y su andar.

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