Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Separación de Gananciales – por M. Luisa García-Ochoa Roldán (Madrid)

La primera vez que le vi fue en la Notaría. Me saludó y, enseguida, noté que su mirada se clavaba en mí.

– Soy Fernando Luaces, abogado de su marido- dijo solícito.

Acto seguido saludó a mi abogada. El que estaba a punto de ser mi ex marido tendió su mano desinteresada a mi abogada y a mí me ignoró.

El acuerdo para el reparto de bienes fue un tanto surrealista. El notario se sentó en la cabecera de la amplia mesa, en uno de los lados tomó asiento Raúl y su abogado, Fernando y enfrente mi abogada y yo.

El notario procedió a leer premisas y protocolos con los que se inician este tipo de actos y a enumerar los bienes gananciales que había que repartir. Cada vez que yo argumentaba o daba mi opinión en algo, mi casi ex la echaba por tierra, como siempre. Entonces, ante la cara atónita de mi abogada, que no daba crédito y que era incapaz de reaccionar ante tal actitud de mi ex, Fernando Luaces salía en mi defensa.

– Pero, ¿cómo vas a dejar la casa sin muebles?, ¿qué vas a hacer con tantos enseres, los vas a guardar en un guardamuebles que, encima de no necesitarlos porque tus padres te proporcionan una casa amueblada, te va a costar dinero? Nada, nada, mi representado no quiere los muebles de la casa- decía Fernando de forma rotunda.

El notario, con la lista de bienes, proseguía: el coche, valorado en cinco mil euros ¿a quién se lo asigno?

– El coche me lo quedo yo- decía Raúl con autoridad.

– Para qué quieres el coche, si no sabes conducir. Que se lo quede ella que trabaja a veinte kilómetros de su casa. Tú vas a malvenderlo o a guardarlo en un garaje que duerma el sueño eterno. El coche para Silvia. Tú quédate con la casa de campo, que te entretiene mucho la huerta y te gusta el campo.

– Pero, la casa de campo vale menos que la casa y que el coche- protestó Raúl un poco decepcionado.

– Pero tú te quedas con las acciones y los perros, que a ella le dan alergia- contestó Fernando.

Mi abogada seguía muda, sin meter baza en la contenciosa conversación.

El notario prosiguió:  el barco y el apartamento de la playa.

Antes que nadie dijera nada Fernando se adelantó: el apartamento para Silvia y el barco para Raúl, a ella no le sienta bien navegar.

– Pero… -balbuceó Raúl- si yo voy a navegar necesitaré un lugar para estar…

– Tú tienes allí el apartamento de tu amante, no necesitas más.

La cara de Raúl se iba desfigurando y su mirada de odio hacia mí me transmitió cierto miedo. El Notario observaba a mi abogada que se mantenía en silencio sin, ni siquiera, sacar los papeles que llevaba en su carpeta.

– Ya solo queda el reparto del ajuar- estipuló el notario.

En ese momento Laura, mi abogada, sacando un folio de su carpeta dijo:

– Aquí están divididos todos los enseres en dos lotes equitativos. Y pasó a enumerarlos.

El notario tomó el folio y revisó los dos lotes donde se hallaban repartidos en dos columnas las toallas, mantelerías, cuberterías y demás elementos que componían el ajuar.

– ¿Quién elige? – preguntó el notario.

– Perdón señor notario, pero en esa lista no está la ropa- intervino Raúl.

– ¿A qué ropa se refiere? volvió a interrogar el notario.

– Pues a los trajes, la ropa interior, los abrigos…

El notario un poco harto y en tono alto le contestó:  No querrá usted que se repartan las bragas y los calzoncillos, ¿no? Cada uno que se lleve su ropa y punto.

– No haga caso a mi representado, a veces desvaría- sentenció Fernando.

– ¿Usted viene representando a don Raúl?- interrogó el notario.

-Sí señor, claro, contesto molesto Fernando.

-Perdone es que a veces no lo parece.

Ya se estaban levantando cuando mi abogada preguntó:

– Señor notario ¿Y el tándem?

El notario, al que se le veía cansado tras hora y media de reparto, contestó:

– El tándem me lo quedo yo, se lo regalaré a mi hijo para que vaya con su novia.

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