Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

LA PUTA DE CAPERUCITA Y OTRAS BLASFEMIAS por Vicente García Cobos (Barcelona)

Uno tiene la extraña impresión después de haber escuchado mil veces los mismos cuentos desde la cuna, que estos solo son una sarta de mentiras y que por mucho que nos los repitan, no nos van a convencer para que seamos buenos. Caperucita, a pesar de su inocente apariencia, es una prostituta. Eso lo tengo claro desde hace muchos años, de lo contrario porqué va paseando por la noche sola por un bosque, y de rojo chillón ¿Qué busca? Encima, para darle más misterio al asunto esconde su cara debajo de una capucha, como si no quisiera que la  policía la pudiera reconocer. Su abuela no es su abuela, es en realidad la Madame, y el lobo…El lobo es el cliente al que le llaman así por ponerle un nombre en clave que despiste en las habituales redadas policiales.

En el cuento, lo que quieren explicar, es que el asunto sale mal, y la operación de esa noche se va al traste cuando el leñador, o sea, el protector guardaespaldas de las putas, se escaquea de su puesto y deja que el lobo le coma todo el pastel a Caperucita, para irse luego sin pagar. Ahí se desencadenan los acontecimientos, que acaban con el descuartizamiento del cliente que se ha largado sin amortizar el servicio, poniendo en riesgo un delicado ecosistema capitalista de sexo, drogas y felicidad.

Que los cuentos tienen lecturas ocultas, nadie lo duda. A  pocas mentes afiladas se les escapa la evidente personalidad de dominatrix que tiene la madrastra de Blancanieves. La pobre bruja, celosa de la niña, y dudando que su hijastra edulcorada y un poco boba sea capaz de satisfacer a todo un príncipe de la época. Es decir, un macho de pelo en pecho, desconocedor de la saga crepúsculo, y con pocas horas de ducha a cuestas. La envía con malas artes a foguearse con siete enanos salidos, a una cabaña apartada del bosque. Finalmente, para rematar la iniciación sexual,  la droga para que el príncipe necrofílico la posea, y se la quede en matrimonio sin pestañear. Al final todos felices, a comer perdices y a vivir de los impuestos de la plebe. Pero nosotros desde una perspectiva actual, sabemos que las penalidades por las que pasa Blancanieves no solo son fruto de una madrastra perversa, sino que son la consecuencia de un sistema de opresión  teocrático y machista de corte feudal.

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En Peter Pan, un cuento maligno donde los haya, nos damos cuenta de lo peligrosa que es la imaginación en manos de un niño. Para empezar y sin entrar a valorar moralmente los efluvios de pederasta que atesora un personaje tan siniestro como el capitán Garfio, el cuento apesta. Un adulto que se pasa la vida persiguiendo niños, tiene muy poca defensa, en cambio, en Peter Pan hasta le ríen las gracias. Para acabar de rematar el asunto, una especie de libélula medio desnuda que vuela gracias a unos polvos que nos recuerdan y mucho a la cocaína,  no hace durante todo el cuento sino incitar a los niños a pasar del infantilismo más atroz, a una adolescencia  llena de granos y masturbación.

El famoso relato de Hansel y Grettel se explica solo. Unos padres abandonan a sus hijos por la noche en pleno bosque ¿Esto es un cuento para niños? Evidentemente, si.  En aquella época ante la falta de canguros disponibles, si los padres querían salir a cenar solo lo podían hacer de esta manera. Luego, el cuento se complica aún más, cuando los críos en vez de quedarse quietos esperando que sus padres regresen, comienzan a deambular por el interior del bosque, se encuentran una casa de chocolate propiedad de una bruja y se la empiezan a comer.

La bruja, ajena a los modernos adosados y a las nuevas técnicas de construcción, había preferido edificar su morada con lo primero que tenía a mano, que en su caso era chocolate comestible. Luego, eso es cierto, se quiere comer  a los niños que han mordisqueado su particular adosado  esparciendo las babas por toda la casa.  Acto de canibalismo repulsivo donde los haya porque solo hay que ir a una guardería para ver en qué clase de sitios meten sus manitas los críos del demonio. Pero el asunto le sale rana, y palma ante el regocijo de la misma plebe que paga impuestos hasta por respirar, y que festeja que los niños okupas se salvan, matan al legítimo propietario del piso y se quedan allí a vivir.

Los cuentos infantiles siempre crean problemas, y para muestra, que se lo pregunten a Walt Disney, un tipo especialista en atrocidades animadas, que no tuvo más remedio ante la presión social después de matar a la madre de Bambi, que hacerse congelar para evitar las denuncias de las protectoras de animales.

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