Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

LOS NIÑOS NO SON LO QUE ERAN por Esther Dominguez Soto (Pontevedra)

      Los ojos de la bruja brillaron con gula. Por fin, después de tantos años esperando, alguien había caído en la trampa. ¡Qué banquete en perspectiva! Dos figuritas delgadas, con aspecto desvalido, se acercaban cogidos de la mano, mirándolo todo con suficiencia. Eran gemelos, niña y niño. Pelo rubio lacio, caído sobre los ojos, él; recogido de cualquier manera en dos coletas, ella.  De unos nueve años. La bruja los observó y calculó su peso. No estaban lo que se dice rollizos, pero ya se encargaría ella de que engordasen. Se consoló de este contratiempo pensando que, si estaban hambrientos sería más fácil que se sintieran atraídos por las golosinas. Con un dedo huesudo y algo artrítico, golpeó la pared de chocolate. No fallaba. Niño que veía la casita, niño que acababa en su puchero. Tras una cura intensiva de engorde, claro.

    Empezó a discurrir cómo podría prepararlos. Dudaba entre una buena pepitoria o un estofado. Bueno, ya decidiría. Lo primero y más importante era tenerlos a buen recaudo. Lo demás era cuestión de pensárselo un poco y echar un vistazo al libro de cocina que llevaba décadas amontonando polvo y telarañas. Esperó, relamiéndose. La niña cogió un guijarro de mazapán y empezó a comer, su hermano miraba alrededor buscando algo a que hincar el diente. Entonces, la bruja asomó su feísima cara. Estaba acostumbrada al temor de los niños, pero no a lo que ocurrió a continuación.

      – ¿Quién eres? –era la niña la que hablaba al tiempo que la miraba fijamente. Parecía estar contando sus verrugas.

      -Soy la dueña de esta casa…

      -Agg, ¡qué asco! Esto debe estar caducado –la pequeña escupió el mazapán. Su hermano cogió un tulipán de bizcocho, le dio un mordisco y lo escupió también. –Pues anda que esto –fue todo lo que se dignó decir, con tono despreciativo.

      La bruja habló con voz fingidamente dulce. –Si entráis, os daré cosas muy ricas. Y lo pasareis muy bien. Pasad, pasad –su mano señalaba el interior de la casa.

      -Si las cosas ricas que hay ahí dentro son como estas, paso –explicó la rubita con desparpajo. –A mi lo que me gustan son los gusanitos y picapica del fuerte.

      -Yo prefiero las patatas bravas con Coca Cola. Oye – añadió su hermano, de gustos más contundentes. Después se dirigió a la bruja que los escuchaba con la boca abierta. – ¿Tienes  video consola?

      – ¿Video qué? –la bruja estaba realmente estupefacta.

      -Yo prefiero una muñeca Monster High –terció la niña. –Mi favorita es la que tiene el pelo a rayas rojas y negras. ¿La tienes? –una expresión de duda empañaba sus ojos azules.

      -No, la verdad…

      – ¿Y los libros de Harry Potter?

      La bruja estaba aturdida. No entendía de qué hablaban aquellos dos renacuajos. Por eso, intentó dirigir su atención a lo que conocía tan bien. –Pero, si os fijáis en la casa…

      – ¿Tampoco tienes canal infantil?

         El asombro que impregnaba la pregunta era como una bofetada para la bruja, abrumada por sus carencias. Ésta movió la cabeza negativamente. Iba a hacer un último intento para atraerlos al interior de su casa. No le dieron la oportunidad.  Una voz decidida afirmó.

     -Entonces nos vamos. Este sitio es muy aburrido. Para eso prefiero estar en clase. Allí, al menos, hacemos jaleo, nos reímos del profesor y nadie se atreve a reñirnos.

      La bruja los vio marchar, cogidos de la mano, criticando lo muermos que eran algunas personas mayores y vaya birria de casa de chocolate. Lo hicieron con vocabulario más contundente, pero preferimos no repetirlo. Con la tristeza reflejada en su rostro arrugado, la bruja reflexionó y llegó a una descorazonadora conclusión. Los niños ya no son lo que eran.

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