Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Pongamos por Caso – por José Antonio Martín Viñas (Salamanca)

El caso es que tengo un caso abierto y no sé cómo cerrarlo. Y el caso es que se trata de mi caso. ¡Ya es casualidad! Sé que todos tenemos palabras que a lo largo de nuestra existencia se esconden en nuestra mente y están ahí por si acaso, como duendes al acecho y que, dependiendo del caso, se asoman sin venir al caso. Muchos escritores, pongamos por caso Pablo Neruda o Antonio Machado, tenían esas palabras fetiche que afloraban cada cierto tiempo: “crepúsculo”, en el caso de Neruda, y “tarde”, en el caso de Machado. A mí hay una que me persigue desde el orto del Sol hasta su ocaso y es la palabra caso. Ni soy policía, ni soy fiscal y, aunque soy periodista, jamás he trabajado en el semanario El Caso.  Sin embargo, está ahí, persistente, a las puertas de mi mente. Si alguien me pregunta: ¿qué opinas sobre este asunto o sobre este otro? Yo corrijo: ¿habrás querido decir sobre este caso o sobre este otro caso? Pero no solo entro en estos matices, sino que mi respuesta siempre empieza así: El caso es que…

Cuando juego a adivinar películas, me dan lo mismo las pistas, pues tengo presto: El curioso caso de Benjamin Button o El caso Bourne. En cuanto a literatura, soy un apasionado de los libros de Ángeles Caso y todos los años leo y releo La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. A todo lo demás no le hago ni caso.

Conozco un caso particular, el del pobre Lázaro de Tormes, que no dudó en hablar de su caso a un tal “Vuestra Merced” de esta guisa: “Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso”. Menudo eufemismo: el caso, como la cosa, sirve para todo, en este caso para ocultar la relación que había entre la mujer de Lázaro y el Arcipreste de San Salvador, aunque siempre en provecho y honra, según testimonio del propio Arcipreste, para el bueno de Lázaro. Hay casos y casos. El mío engloba muchas formas.

Y creo que mi problema lingüístico viene ocasionado desde segundo de BUP, cuando estudiaba latín. Al principio no hacía mucho caso. El profe me miraba como un caso raro, en realidad, me decía rara avis, pero yo a lo mío; a lo mejor es que era un caso perdido. Me ordenaba: declina rosa, rosae; y yo, atendiendo a lo me decía, rechazaba cortésmente su invitación. Y él no dudaba en recriminarme: este chaval es un caso.

            Pero poco a poco me fui aficionando a los casos del latín: nominativo, vocativo, acusativo, etc. Y cada día iba repitiendo la palabra caso por todo el instituto. De hecho, ese mismo profesor de latín, en lugar de llamarme por mi nombre de pila, Carlos, como era el caso, comenzó a llamarme Casio. Y hoy todos me llaman Casio Carlos, es decir, casi Carlos, así, sin venir al caso.

Lo sé, soy un caso clínico. Y como quería hablar al caso, es decir, con oportunidad y acierto, y no lograba desenredarme de mi palabra perseguidora, investigué su origen. Más que nada por saber del caso que me ocupaba. Y cuál fue mi sorpresa que hallé su morada en el latín, en concreto, en el vocablo casus, procedente del verbo cado, cadis, cadere, cecidi, casum, cuyo significado es “caer”. Ahora me lo explico todo: mi caso ha caído en mi cerebro y se ha asentado ahí por casualidad como es el caso de una enfermedad cualquiera, el caso de un asesinato o el caso de una palabra del latín. Todos son sucesos que llegan porque sí como caídos del cielo.

Y ahora que lo pienso, quizá mi caso tenga una explicación, sobre todo porque su presencia se ha incrementado en las últimas semanas. Pero qué explicación podría ser…

Ya caigo… ¡Es que mañana me caso!

Caso cerrado.  

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