Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Mi tía – por Pablo González López (Madrid)

Tengo una tía, viuda del hermano de mi padre, que este próximo sábado celebra su sesenta y cinco cumpleaños.

Me acuerdo de ella pero no la visito nunca porque mi tía es fea. No fea simplemente, es fea “cum laude”.

La conoció mi tío en el trascurso de una fiesta donde bebió más de la cuenta y los amigos con una falta tremenda de consideración a lo que representa la amistad le indujeron a pedirla en matrimonio.

Una vez sereno, mi tío no tuvo valor para desengañarla y decirla que solo una broma de mal gusto podría ser capaz de librarla de la soltería e incluso de la soledad.

Como él era un defensor a ultranza de las relaciones familiares nos hizo partícipes a todos del evento de su casamiento.

Poco a poco se fue extendiendo entre la familia la noticia del próximo matrimonio entre mi tío y la fea, y la curiosidad malsana hizo que todos quisieran conocerla antes de la boda lo que originó la falta de asistencia de la mayoría de invitados que no querían ser identificados como familiares de ningún grado.

No publicaron amonestaciones a la puerta de la iglesia sino que directamente les enseñaron tarjeta roja y el párroco consultó con el obispo para ver si el oficiar esa ceremonia podía traerle consecuencias que le privaran de entrar en el cielo.

El señor obispo, que no conocía a mi tía personalmente, intervino para decir que todos los seres son criaturas de Dios y merecedores de recibir los sacramentos.

Se casaron una noche en la sacristía de la iglesia porque el cura dijo que perdería  fieles de su parroquia si celebraba la ceremonia a plena luz del día y hasta el fotógrafo quería sacar la foto de boda tomando la instantánea con ella de espaldas porque decía que lo más bonito de la novia era el vestido.

Los pocos que asistimos a la boda lo hicimos con remordimientos de conciencia por si estábamos siendo cómplices de una futura degradación de la población mundial en la tierra.

Afortunadamente no fue así ya que el matrimonio no se consumó pues al parecer un sexto sentido alertó a mi tío que estaba a punto de cometer una falta de lesa humanidad y convenció a su reciente esposa para que  cada uno pasara la luna de miel en provincias diferentes.

Dos semanas después de la boda, mi tío que salvo su ceguera estaba en plenitud de condiciones físicas, abandonaba este mundo víctima de un accidente de automóvil.

Tuvimos que convencer al cura de que la muerte de mi tío había sido una fatal casualidad y no una fuga voluntaria, haciéndole ver además, que no debía cargar ninguna responsabilidad sobre su conciencia  ya que él solo cumplía con su obligación pastoral. Con este argumento, logramos aminorar su sentido de culpabilidad que le impedía celebrar los oficios funerarios.

Aun así en el sermón apuntó la posibilidad de que mi tío estuviera gozando en el cielo ya que seguramente le habrían dejado pasar puesto que iba solo.

Se enfadó mi tía al oír esas palabras y el sermón en general y juró al clérigo y a todos los asistentes que nunca más pisaría su iglesia y que jamás tendría relación alguna con la familia.

Ese domingo, en el templo cantamos a pleno pulmón el Aleluya.

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