Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Mi Cuñado Pirata y Sus Tesoros Odoríferos – por Francisco Javier Boffi (Barcelona)

Mi cuñado pirata y sus tesoros odoríferos

Por Franja Ayala (pseudónimo)

A Derek poca falta le hacía un disfraz de pirata, porque ya se sentía uno sin necesidad de abusar de parches, sombreros y banderas de tibias y calaveras. Por ponerle un olor, Derek era la humedad. Como ese olor que desprenden las ropas cuando se dejan todo el día metidas en la lavadora y no se cuelgan hasta la noche. El que usa esas prendas no sabe el perfume a humedad rancia que desprende -lo curioso es que a mucha gente tampoco le llega el imput del pestazo, o bien porque no tienen el olfato desarrollado, o bien porque no diferencian el olor a sobaco del olor a ropa olvidada en lavadoras durante diez horas. Nosotros, los que lo conocíamos a Derek, podíamos reconocerlo viniendo aunque estuviéramos de espaldas por ese mal olor que nos tiznaba las fosas nasales y nos arañaba los lagrimales -más de una vez me di vuelta al “olerlo” esperando encontrarme con su cara, pero me sorprendía al no verlo: es curiosa la cantidad de gente que decide poner en marcha una lavadora justo antes de salir a trabajar por la mañana y colgarla con suerte y si se acuerdan, cuando regresan por la noche. Nosotros, sus ami-gos, no entendíamos como corno conseguía piratear con tanta facilidad a pesar del tufo que emanaba. Muestra capital de que la belleza se lleva y bien lleva por dentro, Derek era el “anti-galán”: mal hecho, fofo, con una papada que casi no le dejaba mostrar cuello, con unos rulos desparejos y una calvicie a trompicones mal disimulada. Al olor desagradable que desprendía su ropa ya mencionado,  habría que sumarle una voz de pito penetrante, además de una estatura estándar tirando a baja y un dudoso gusto en el vestir que lo volvían eso que los malparidos chicos aliñados y carilindos llamábamos contrapintas, porque la pinta que traía era todo lo contrario a lo que creíamos que era la belleza.

            Lo peor para nosotros era que Derek era el más ganador del grupo: las mucha-chas más lindas de allí adonde fuéramos se le acercaban a él primero como a un imán los metales. Al principio pensábamos que era pura estratagema para no venirnos a buscar directamente a nosotros y que no nos creyéramos que eran facilonas: de hecho, esa era la estrategia que seguíamos nosotros mismos cuando íbamos de discotecas: primero acercarnos y hacer reír a la feucha del grupo para que luego nos presentara a sus amigas que, una vez rotas las fronteras del desconocimiento, se abrían a conocernos sin temor a que tuviésemos como única meta llevárnoslas a la cama -que era siempre nuestro único objetivo. Lo cierto es que a nosotros esa técnica rara vez nos funcionaba, supongo que porque las chicas guapas se daban cuenta de que enseguida dejábamos de lado a la amiga menos agraciada a la que habíamos usado como puerta para entrar a sus fueros veleidosos. Pero con Derek no había caso: cada vez que alguna chica despam-panante se le aproximaba, él la hacía reír enseguida y la chica quedaba obnubilada con su verba. A veces se acababan arrimando otras chicas guapísimas y ahí nosotros no aguantábamos más y nos acercábamos también, casi ofendidos con Derek por no hacer-nos señas para que nos uniéramos al grupo espontáneo de bellezas -me refiero a ellas, a Derek ya le he descrito antes y no entra en lo que este epíteto define. Pero las mucha-chas pasaban olímpicamente de nuestros caretos pasmados y entraban en competición entre ellas para estar más cerca de él como si se tratara de una celebridad, un actor fa-moso o un futbolista de los caros. Derek actuaba con una naturalidad de playboy que no concordaba con la figura que tenía. Nosotros pensábamos que debería calzar una tercera pierna, aunque eso era invisible a los ojos de quienes le mirábamos -Derek usaba panta-lones embolsados, de esos que no marcan paquete-, y además, hubo uno de nosotros que una vez lo cruzó en los mingitorios y comentó que no llevaba gran cosa colgada de ahí.

            Cuando una vez quedamos para ir a festejar el carnaval, decidimos sortear los disfraces que nos pondríamos. A Derek le tocó el que ponía “Pirata”, pero se negó en redondo a aceptar su suerte. Hubo planteamientos de que nadie podía desistir de lo le había tocado y si bien Felipe también había protestado porque a él le había tocado el que ponía “Marilyn”, todo acabó con la aprobación del sorteo.

Pero el día de la fiesta, Felipe apareció con su pata de palo, su mano de gancho y su lorito al hombro. Al principio fue raro, porque creíamos que el que llegaba Derek (Felipe se había puesto una barba postiza larga que bien hubiera podido tapar la papada de feo), pero el hecho de que no hedara a humedad nos desconcertó. No nos dio tiempo a elucubrar nada: en seguida hizo su aparición una Marilyn muy bien arreglada, regordeta y reluciente, hipermaquillada, con un andar que hasta podía ponernos cachondos a sabiendas de que bajo el disfraz se hallaba uno de nuestros amigos. De aquella fiesta recuerdo que Derek-Marilyn exudaba Channel Nº5 y que, infaliblemente, un corro de chicas buenorras disfrazadas le anduvo detrás durante toda la noche.

            Por eso, cuando mi hermana hizo la presentación de su novio (con quien había decidido casarse abruptamente por haberse quedado embarazada) y éste cruzó la puerta con la cara y el cuerpo -y el olor- de aquel compañero de juergas de mi juventud, no pude evitar llevar a mi hermana a un costado y pedirle que me explicara rápidamente qué es lo que le había atraído de su novio Derek, futuro padre de mis sobrinos. Con un brillo en los ojos que traslucían la admiración y felicidad a raudales que invadían a mi hermana, me respondió: “Sabe escuchar, se interesa por lo que le explico, es divertido y muy sensual, pero, por sobre todas las cosas, huele como los dioses”.      

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