Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

MARTÍNEZ SORIA O EL ABUELO QUE OLÍA A RANCHO por Eduardo José Viladés Fernández de Cuevas

Yo nunca estuve en Cunchillos y, sin  embargo, vengo de allí. Por la noche, Paco me cuenta anécdotas de su tierra. Nació en Tarazona, pero cuando era niño jugaba con los amigos en Cunchillos. Le huele el aliento a carne de conejo. Al principio me daba un poco de reparo pero, con el tiempo, me he acostumbrado. Además, de vez en cuando viene a visitarme con Raquel. Escuchar cómo canta La violetera hace que se me olviden todos los males. Es una muchacha como las de antes, sin pelos en la lengua. De baja estatura y curvas marcadas, un torbellino hecho mujer. No me extraña que Paco haya perdido el norte por ella. Cuando se mete en mis sueños siempre es verano. No precisamente pleno mes de julio, pero aún hace buen tiempo, el cielo muestra un azul intenso y los niños aún corretean por el exterior de San Miguel Arcángel en pantalones cortos. A veces, cuando Paco me está contando sus encontronazos con Pedro Lazaga y sus amores con la Meller, veo de refilón, en el sueño, muchas vacas, hogueras y comidas populares. Hay mucha gente alrededor de la plaza de la Virgen del Pilar y huele a rancho. Un cartel enorme señala una fecha, 29 de septiembre, y una señora de edad indefinida vestida con una falda negra pronuncia un discurso en medio de la plaza mayor.

La vega del Queiles nos obsequia con unas maravillosas acelgas, alcachofas, espárragos, berenjenas, calabacines, tomates y coliflores. Cómprenme cardo y borraja, no sean rancios. Lo tengo todo a buen precio, por 10 pesetas llévese dos kilos, que la huerta del 73 es la mejor desde hace décadas.

Yo no soy muy de verduras, siempre he comido muy mal y mi madre se enfadaba mucho conmigo porque estaba todo el día picoteando entre horas y poniéndome tibio a gusanitos. De todos modos, desde hace unos meses me obligan a comer brócoli y zanahorias al vapor. Desde que tuve el accidente no puedo hablar. Sé que es brócoli lo que ingiero porque me lo dice Angelina, una de las enfermeras que me cuida. Me lo dan en papilla y está muy malo. Angelina es de Cunchillos. No es que sea pitoniso. Es que una tarde, cuando estábamos ella y yo solos, contestó una llamada del móvil y mencionó el nombre del pueblo varias veces. En realidad no lo hizo una sola tarde, es algo habitual. Como no hablo ni tengo los ojos abiertos, piensan que no me entero de nada, pero lo escucho todo.

Además, me hace mucha gracia porque es ahora cuando tengo los sentidos a flor de piel. Creo que tenía la capacidad de sentir bloqueada en mi interior tras años de tener mi existencia en barbecho. En este momento, inmovilizado en una cama, sin ver y sin poder hablar, me siento más vivo que nunca porque me río de mí mismo. El poder del humor es sanador. Al saber que te vas a morir se pierde el miedo a todo, se vive en una situación in extremis en la que haces lo que te da la gana y, hasta cierto punto, es cuando la vida empieza a sonreírte de verdad. Puede parecer absurdo que asegure hacer lo que me da la gana cuando no puedo ni rascarme la cabeza, pero mi mente está desbocada, más libre que nunca, sin prejuicios. Es como si lo único que nos impidiese disfrutar de la vida fuera la propia vida. Me gustaría debatir este tema con Angelina, aunque me temo que tendré que conformarme con Paco. Angelina se lleva muy bien con su madre, pero fatal con su padre, aunque yo creo que en el fondo le quiere. Ella es un espíritu indómito y su padre le ha cercenado las alas, por eso abandonó el pueblo, aunque parte de su impronta permanece allí, en la calle Posadas esquina con la calle Pajares. Su madre vende verduras en una tienda de ultramarinos, cardo, borraja y alcachofas en especial. Precios muy baratos por la crisis. Compra el género en Tarazona. Angelina tampoco come verduras y no le gusta la fruta. Dicen que quien no come fruta corre el riesgo de sufrir el escorbuto, aunque no pienso yo que en Cunchillos haya casos de escorbuto. Se me va un poco la cabeza, debe de ser la postración y la luz de ese túnel que no dejo de ver desde hace unos días, pero recuerdo que estudié eso cuando era adolescente, los viajes de ultramar entre España y el Nuevo Mundo, donde los marineros enfermaban por la carencia de vitamina C en la dieta.

Me gustaría mucho ir a Cunchillos y saludar a la madre de Angelina. Seguro que será una señora de edad indefinida vestida con una falda negra. Angelina no trabaja mucho. Supongo que la Seguridad Social es lo que tiene, cobrará un sueldo paupérrimo y encima tendrá que dar las gracias y ser ninguneada por sus compañeros. No se lo echo en cara, aunque dedica más de la mitad de la hora que debería pasar conmigo todos los días en llamar a su madre. El resto del tiempo canturrea La violetera.

Cuando se va, desde el control me ponen la televisión por cable del hospital. Siempre dan lo mismo, El abuelo tiene un plan o ¡Se armó el Belén!…

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