Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

LA ESCORT Y EL POLÍTICO por Antonio Fraile Cuéllar (Cáceres)

Gaby se retrasó casi veinte minutos, tiempo que ocupé cavilando sobre cómo rematar el tema del club y de las chicas que trabajaban allí. Aún quedaban cosas por conocer y preguntas por hacer: hilos que, bien tejidos, podrían dar lugar a un buen paño, aunque por el momento no pasaban de ser meros retales.

Llegó como era ella, guapa pero tirando a buena o a muy buena. La invité a tomar asiento a mi mesa e hice una señal al camarero, que se acercó de inmediato:

—Una infusión para ella y café solo para mí  —pedí y la pregunté sobre su trabajo en aquel sitio.

—Entonces sí que ganábamos pasta —admitió ella—. Bueno, y debes conocer que la profesión de escort, tan digna como cualquier otra,es uno de los trabajos mejor pagados… Yo tuve compañeras que salían por los doscientos saltos al mes.

—…

—¿Cómo saltos? —inquirí.

—¡Ay, perdona! Es que tengo un cliente que es veterinario…, relaciones, quise decir. Oye ¿Y, tú? ¿te ganas la vida como escritor?

—Noo, qué va, qué va… He escrito varias novelas, novela histórica fundamentalmente. Ahora quiero explorar otros campos, escribir novelas…

—… de putas —terminó ella, sonriendo con picardía.

—¡Ja, ja, ja…! En realidad me dedico a la política: soydiputado, trabajo en el Congreso, en Madrid. De hecho, estoy aquí por asuntos del partido… Bueno, y por coincidir contigo —dije con gesto caballeroso. 

—¡Ah, mira qué bien! Galante, escritor y político. Me gusta, me gusta. Pues mira, Louis, déjame que te cuente, tú que eres político: cuando trabajaba en el club, tenía clientes que eran habituales, amigos incluso. Pero en cuanto a los políticos…, eran los clientes que más nos atraían a todas: nos los rifábamos. Menudos elementos están hechos.

—Bueno, habrá de todo: tenemos un gran compromiso con nuestros ciudadanos; y, no menos responsabilidad ante el Estado.

—Sí, claro, imagino…, por eso cobráis lo que cobráis —me dijo con un guiño. Hizo una pausa y, mirándome a los ojos añadió—: pues mira, continuando con el tema, no quiero que te molestes, pero seguro que de políticos sé más de lo que te imaginas. Son tela marinera, pero… tela. Algunos deben estar completamente tocados. Todavía recuerdo a uno que se empeñó en que le diese factura por el servicio prestado.

—¿Por el servicio… prestado? ¿Por el «salto»?

—Sí, majo, como lo oyes.  El tío estaba empeñado en incluirlo en  sus  «gastos de representación»,

creo que me dijo. ¡Pero, tío! ¡¿Tú, de qué vas?! —le pregunté—. Oye, y que si no le daba la factura me denunciaría. «Soy, una persona pública, doy un servicio a los ciudadanos» —dijo pero con chulería, vamos—. Bien, ¡¿y, qué, tío?! También yo soy persona pública y doy un buen servicio —le respondí al capullo ese.

—¿No me digas… que fue así? —le pregunté, mientras reparaba en las buenas «razones» que tenía para dar un buen servicio.

«Excelente».

—Como te lo cuento: era un petardo de tío, «un empleado del Gobierno» —dijo.

—¡Caramba, caramba! ¡Qué situación! Y tú, ¿qué hiciste? —pregunté con curiosidad.

—Nada, ni puto caso, pasé del tema, ¿no ves que era de ese tipo de personas que mienten mucho?

«Ahora, al menos, nos ha llamado “personas”», pensé.

—Oye, ¿y era empleado público o funcionario?

—No sé. Algo así. El tío siempre venía con chofer. ¡Menudo pájaro! ¡Es que tenía una pinta…!

Me quedé deliberando.

 —Y…, ¿sabes de qué partido era?

—Sí, del Gaudeamus ese.

—¡Ah, sí! No me extraña nada.

—»Oye, volviendo al tema del otro día, ¿y de los trans? Es una cuestión que siempre me llamó la atención. El otro día me olvidé preguntártelo.

—Queridooo… utiliza bien el artículo: las trans, «las» ¿No me dijiste que eres escritor…?

—Sí, pero también soy leísta. Tengo un corrector en Salamanca. ¡Menos mal a él! A veces me corrige alguna frase. Pocas.

—Pues mira, también las había en el club, sería un tema largo de contar, lo dejamos para otro relato; pero básicamente te puedo decir que son… de lo más agradables, supercorrectas. Cuidan su aspecto al máximo. Algunas verdaderos/as monumentos de mujer, con un estilazo que te cagas, tío. ¡Bueno, y no veas el éxito que tienen!

—¿Con los políticos?                             

—Sí, con los que más. Total… ¿y qué más da? ¡¿Que tienen pirula? !Si por eso no pasa nada! ¡Qué no pasa nada, tío!

Después de transcurridas casi dos horas de conversación, Gaby miró su reloj de colorines e hizo un ademán para marcharse.

«O le he parecido un tipo aburrido o, probablemente, tendrá… ¿prácticas de hípica?», pensé. No fue posible retenerla más tiempo.Salió disparada como un proyectil. El camarero se quedó mirando; tal vez la conociese… de la hípica; o, «quizá ha quedado con el veterinario para practicar algún “salto”». Aboné el importe de la consumición y me fui al hotel donde me hospedaba.

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