Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Rima Fácil – por Rosalía Guerrero Jordán (Valencia)

Dolores Montoya no entendía que tanto sus kilos de más como la rima fácil de su apellido le trajeran problemas. Era absolutamente agotador oír, tanto por los pasillos del instituto como por la calle, que alguien la llamaba, con tono musical y voz engolada, alargando la segunda o y dejando la palabra suspendida en el aire. Cuando menos lo esperaba un impertinente Montoooooya la sacudía, invariablemente seguido por una corta oración, tres o cuatro palabras a lo sumo, y sazonado a continuación con unas cuantas carcajadas. Dolores había desarrollado, a base de rabia y tesón, la fantástica capacidad de impedir que los sonidos hirientes llegaran a su cerebro, de manera que las rimas fáciles no la rozaban siquiera. Tan solo oía el eco de algunas risas tamizadas, como si las escuchara debajo del agua.

Dolores estaba segura de que si fuera delgada y bonita a nadie le importarían las últimas letras de su apellido. También pensaba que si se apellidara de otra manera —García, Pérez, López, algo de abrumadora normalidad— sería una gorda marginada, pero se ahorraría todos los pareados que le dedicaban.

Pero no, tenía que ser Montoya la Gorda.

Su padre, misántropo empedernido que solo había querido en esta vida a su difunta esposa, a su hija y a sus perros, también había padecido el estigma del apellido ineludible. Pero él no era gordo, sino un chico fuerte y con mal genio al que después de varios apercibimientos y una expulsión dejaron de molestar.

 —Teníamos que haberte puesto primero el apellido de tu madre —se lamentaba a veces el hombre—, pero entonces no se estilaban esas cosas.

—No te preocupes papá —Dolores le sonreía y besaba sus manos fuertes—. A mí me da igual.

El martirio había empezado pocos años antes, en los últimos cursos de primaria, por un suceso fortuito: Andrés, el primo de Dolores, rechazó a la guapa y rubia Cayetana. Ante tal ofensa, ésta decidió vengarse en ella, de manera rastrera y cobarde, creando la primera rima. Al principio las susurraban de tal modo que Dolores no pudiera escucharlas, y ella no entendía el motivo de semejante jolgorio en el patio. Hasta que un valeroso niño se atrevió a escupírsela en la cara.

Ante la expresión de tristeza, estupefacción e ira de Dolores, sus otrora amigos y amigas reaccionaron primero minimizando su enfado:

—Uy, qué susceptible eres, no te pongas así.

—¡Oye, que solo es una broma sin mala intención!

—Hay que ver que poco sentido del humor que tienes…

—No te lo tomes a mal, es para echarnos unas risas.

Con el tiempo, el ensañamiento ha alcanzado una intensidad casi lujuriosa, hasta llegar al el día de hoy, lunes somnoliento y terrible de lluvias intensas y ciclogénesis explosiva.

A la salida del instituto un inmenso barrizal de lodo y cieno, arrastrados por la lluvia desde la ladera, les espera. Nadie osa sortearlo, inmundo agujero negro que podría atraparlos para siempre.

Detrás de Dolores la bella y deseada Cayetana sonríe, mira a sus acólitos, y se lanza contra la espalda de Montoya con aviesas y sucias intenciones. Sin embargo, la chica del apellido con rima fácil ha desarrollado un sentido felino: los vellos de la nuca se le erizan al percibir las vibraciones que provoca en el aire el movimiento.

Una décima de segundo antes de que el cuerpo delgado y fibroso impacte contra el suyo, grande y blando, Dolores se desplaza, leve y sutil a pesar de su tamaño, y la causante primigenia de sus problemas pierde el equilibrio, resbala por los escalones mojados y aterriza con su rubia melena, sus vaqueros ajustados sobre un trasero perfecto y su sonrisa convertida en una mueca de pavor, en el charco espeso y marrón que la engulle amorosamente.

A un segundo de afilado silencio le sigue un estallido de carcajadas histéricas, que aumentan de volumen al ver a la bella y sucia sirena adolescente emerger, tímida y avergonzada, de su pequeño lago oscuro.

Cuando las risas y el alborozo comienzan a decaer, alguien entre la multitud grita:

— ¡Cayetana la marrana!

Una explosión de cruel júbilo vuelve a estallar y Dolores piensa que los deseos, a veces, se cumplen. Y busca en su cerebro la palabra justa para definir lo que acaba de ocurrir: ahora le dicen karma, pero ella prefiere llamarlo justicia poética.

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