Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Patada – por José María Garrido de la Cruz (Madrid)

No sé lo que va a ocurrir ahora-

A nadie le importa. A ti tampoco. ¿Verdad? Lo sabía.

El roble está a un lado del camino, lo veo distorsionado.

Ha salido el sol a mi espalda. La cosa va bien.

Llevo años intentando navegar y sobrevivir con un objetivo: no pensar; actuar únicamente por instinto, como los animales, esos seres inferiores que no tienen problemas, que no piensan, que no conocen la maldad, pero solo he conseguido prescindir de algún sentido, como el sentido común,  o el de la lógica. En una fase posterior he logrado la comunicación básica. Me sobran las palabras, la filosofía, la física, la religión, la historia y la geografía.

He suprimido de mi cerebro la palabra curiosidad y no me hago preguntas. Tampoco me interesan las respuestas. El gris es ahora mi color favorito.

Este es mi secreto, y no se lo cuento a nadie, en realidad, es que ya no hablo con nadie.

Estoy en una fase intermedia en la que no trabajo ni descanso.

 Ahora que el sol me da de pleno tengo que deshacerme de recuerdos y locuras. Todas pudieron tener un nombre, ¿O lo tuvieron?

La asesina pudo llamarse Valeria o Laura , la directora de orquesta Adela, la abogada Nuria, la falsificadora de cuadros, Concha, o la monja que tuvo dos nombres: Leonor y Mari luz.

Todas son pasado, pero… eran tan iguales, tan sibilinas, tan seductoras… 

Me cuesta. Me cuesta mucho.

Cuando llegue la amnesia a este rincón, habré superado una etapa más.

Eso ocurrió hace mucho tiempo. Ya no importa.

Ya nada importa.

El roble está ahí, veo su copa. Tiene color gris. La meta es la ceniza.

Yo nací sin paciencia Ni siquiera para morir.  Tampoco soy tan valiente como para matarme

Solo tengo que esperar a que el deterioro haga su trabajo,

Por eso estoy aquí.

¿Por qué se ha parado mí reloj? Ahora ya no hay caminos. Estoy atrapado entre el futuro y el pasado. El presente no existe.

Allí enfrente ya no veo la torre, no suenan las campanas.

¿He perdido el sentido de la vista? ¿Por qué el agua del rio se queda quieta y su cauce se dilata?

La vista me traiciona, es mala compañera.

Necesito lo oscuro de la noche.

Antes me preguntaba por qué la muerte es eterna y la vida tan efímera, tal vez, porque en la noche está la oscuridad, el pasado remoto, ¿O el futuro?  Ya no estoy para preguntas ni respuestas. Aunque todavía pienso, recuerdo.

He de dar un paso más, pero ¿hacia dónde? ¿Por qué, si siempre se marcha hacia el futuro? Lo sé, no es tiempo de preguntas y menos de respuestas. ¿He de ponerme los zapatos al revés  para que me lleven al pasado, o quedarme quieto y esperar la llegada de la lluvia?

La lluvia, gotas de cristal que me reflejan, que me hacen ser otra vez barro.

¿Por qué pienso todavía?

El futuro, que no veo, es lo único que existe, pero es otra vez barro, y da la vuelta.

Ese barro es la frontera, el final y el principio de ese círculo.

¿Doy un paso más, con los zapatos cambiados de costumbre, en busca del espejo de la lluvia que me convierta en barro?

  ¿Tú que crees querida sombra que nunca me abandonas? ¿Qué me aconsejas?

Tal vez si tu te fueras, yo descansaría eternamente.

Si, tú eres la perversa compañera que rompe la soledad de mi destino, ¿He de matarte para que me dejes solo?

Trazaré en el suelo un circulo intenso de delirio, y con mis zapatos cambiados de costumbre daré vueltas hasta llegar al pasado. Si, el pasado sí que vuelve, porque es redondo el tiempo.  

Mira, ves, lo pinto.

Es curioso observar cómo andan mis zapatos, ¿lo ves? Ya soy casi mi abuelo, pero mi abuelo vivió hace cien años.

¿Es él o soy yo, que estoy envejecido?

El pasado y la noche, siempre llegan.

¿Los ves? La penumbra y los fantasmas me acarician, vienen de frente a socorrerme, no como tú, querida sombra mía, que siempre me das la espalda.

Me gusta hablarte, porque nunca me contestas.

¿Por qué se mueven los troncos de los árboles?

No, no puedo asustarme, es lo que buscaba.

Es el roble. Daré una vuelta más por ver si aún me siguen los relojes.

Mis ojos se quedan paralizados ante el nudo que ahoga mi garganta.   Es semejante al que pende de esta rama, la más gruesa de este roble. Sólo me queda darle un golpe a la vida, pero, ¿seré capaz, como mi abuelo de darle la patada a la piedra que todavía me ata a la tierra?  Es cuestión de probar suerte. Y…

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