Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

La Noche que También llegó a Ser Tiempo Pasado – por Lucas Tíntó Villarrubia (Madrid)

Del fin de semana en que mis padres se ausentaron dejándonos vía libre para hacer una pequeña reunión (en nuestra defensa nos afanamos en no llamarla fiesta) no puede decirse en rigor que algo saliera como habíamos programado. Teníamos dieciocho años y nuestra sangre hervía. Yo había jurado que, después de cierto tiempo rondándola, esa noche iba a atreverme por fin a besar a Lara, y mi hermano Julio se había comprometido a mantener la casa limpia. Mario y Javi alentaban nuestros propósitos.
Mi falta de iniciativa en el cortejo había adquirido un protagonismo muy inconveniente para mi autoestima y mis amigos fieles estaban dispuestos a ayudarme a superar ese obstáculo, así que jaleados por nosotros mismos a lomos de un torrente de alardes de euforia etílica -tan primaria como se intuye- repetía como un mantra la frase: “mañana Lara me va a besar” (por pura elegancia no seré riguroso, digamos que era una proposición bastante similar, con una referencia anatómica algo precisa, algún epíteto y un verbo alternativo). Mario tenía talante de líder y al principio me lo hacía repetir como un entrenador de fútbol en una película americana de deportes para después adoptar la actitud de un general más enfático que la media poblacional en una película americana de guerra, “vamos Ramón, dilo con fuerza una vez más: mañana Lara me va a besar” y yo, algo sumiso y confiando en su método lo hacía.
Algunas copas después, alentado por el aguijón de testosterona del grupo sentí que hacer partícipe a cierto amigo ausente fortalecería mi ímpetu y a todos nos pareció un paso muy razonable. Comencé a enviar el mensaje (aún no había whatsapp): “Mañana Lara me va a besar” con funesta distracción pues escogí como destinataria a la misma Lara. Siempre he pensado que mi yo, mi superyo y mi ello se confunden mucho con la noche -quizás porque al verse doble y ser en esencia tan parecidos estén abocados a ello-, y aunque siempre sospeché que yo era especial también sé que es un rasgo bastante común, pero también creí que el destinatario del posible daño que traerían estas imprecisiones identitarias iba a ser la sociedad en general, o por lo menos algún otro que no fuera yo; sin embargo las consecuencias lo desmentirían, desde entonces confío poco o nada en mi intuición. En la pantalla con aprensión podía ver: “enviando mensaje”, con un cursor intermitente que ahora ha quedado asociado sin remedio en mi memoria con la ansiedad imperiosa (aun hoy cada vez que leo esas palabras en una pantalla siento la urgencia de desaparecer o de hacer desaparecer el dispositivo que me las muestre) y, apremiado ante el destino de ese mensaje en apremiante gerundio sólo acerté a lanzar mi móvil
sin objetivo con tan mala ventura que aterrizó en la ceja de mi hermano Julio, que comenzó a sangrar profusamente; este giro de acontecimientos comprometía nuestros propósitos. Hago otro inciso psicoanalítico y remarco que fue entonces cuando supe con certeza que todo lo que no tenga que ver con mi conciencia jugaría en mi contra siempre; a veces Julio me ha comentado ,con un tono pasivo agresivo que maneja bien cuando lo mezcla con el humor, que le apunté al lanzar el artefacto pues en cierta manera buscaba precisamente su ceja; señalo como datos relevantes que Julio es un inconstante, nada riguroso y muy fantasioso lector de textos de psicoanálisis y que cree que le tengo una cierta envidia porque me dobla en número de cejas. La visión de la sangre impresionó a Mario que, aunque enfático, era bastante susceptible y tuvo el efecto inesperado de relajar su esfínter. Él siempre ha sostenido que lo hizo a propósito como un exceso salvaje de una juventud que recuerda con añoranza ahora que se ha asentado en la vida familiar, supongo que nosotros jugamos ese papel de conectar con esa etapa de su vida -a la que yo no añoro-; hoy nos envía sin parar chistes sobre las diferencias de género o la magnitud de su amor por la cerveza -que parece ser compartida por todos los padres de familia- en los grupos de whasapp que compartimos; yo no le creo pero supongo que le respeto honrando ese ascendiente que siempre tuvo sobre mí. Julio acudió al baño para colocarse una tirita dando por solucionado su incidente para centrar sus escasas energías en disipar la otra mancha. Aunque finalmente ambos fracasamos en nuestros objetivos en mi descargo creo que su finalidad era bastante más accesible que la mía.
A mí me pudo la incertidumbre y no acudí a mi cita con Lara ni tampoco avisé de mi ausencia. Han pasado muchos años, mucha agua bajo el puente, pero seguí cambiando de acera cuando el azar cruzaba sus enigmáticos pasos en la calle. Hasta que la semana pasada finalmente me abordó y me dijo: “fue una pena que no vinieras porque mi plan siempre fue besarte.”
Aquella noche perdí mi gran oportunidad como perdí la confianza de mis progenitores y la fé en la guía de mi sabiduría oculta interior y de los grupos de iguales.
Al día siguiente mis padres infirieron alguna relación —desde luego no la real— entre el reguero de sangre que ocupaba toda la casa, las amenazas de Lara y de su hermano en el contestador, el relato de la vecina sobre el estado del salón cuando acertó a asomarse ante los extraños ruidos que “brotaban de nuestra casa”, la irrupción de un misterioso ladrón que solamente se llevó una alfombra y — lo más confuso:— la tirita pegada en el espejo del cuarto de baño.

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