Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Jaleos en la Comunidad – por Emilia García castro (Oviedo)

 Lo que le sucedió a mi amiga Choui no se había visto nunca en mi edificio de cuatro pisos más buhardilla, ni nadie recuerda cosa igual en varias manzanas a la redonda. Yo vivo allí desde que nací, en el centro histórico de Madrid, en un tercero. El inmueble carecía de ascensor hasta que la comunidad decidió, al avanzar la edad de la gente, instalar uno.

Con ese adelanto, no había más que pedir, y se me ocurrió animar a mi amiga Choui a que se viniera de provincias a estudiar Arte Dramático a la capital, porque ella quería ser actriz. Yo no podía acogerla en mi vivienda, ya que mis padres vivían conmigo los meses del año que no pasaban en Benidorm, por eso pensé en la buhardilla. Llevaba tiempo vacía, y era propiedad de la comunidad, así que convencí a los vecinos para alquilársela a mi amiga. Estuvieron encantados con unos ingresos extra cada mes.

En realidad, mi amiga se llama Consuelo, pero se puso Choui de nombre artístico. Vestía a lo indie y tenía su sitio decorado igual, de manera que era bien distinto de la casa de mis padres, atascada de muebles rancios.

Fueron una maravilla los primeros tiempos con Choui en la casa, en su bohemia buhardilla, donde organizamos fiestas no poco sonadas, aunque menos aclamadas por los vecinos del cuarto. Durante el primer invierno, solo hubo un problema de nada en la buhardilla: una gotera; era cuestión de decirlo en la junta de vecinos, y así se hizo.

—No me hable usted de humedades, Choni. Si viera usted lo mío, tengo un Bélmez en el baño —dijo uno del primero izquierda.

—Choui, me llamo Choui.

Yo pensé que, si alguna vez ganaba una estrella en el paseo de la fama de Hollywood, escribirían en ella Choni, por mucha rabia que le diera.

—Lo mío es de agarrarse, oiga —dijo otra—. Se me vino abajo el alicatado por culpa de la humedad, para que vea que lo suyo no es para tanto.

No tuvo éxito la reclamación y yo, que me los conozco, le hice un gesto a mi amiga para levantar la sesión. Decidimos poner un caldero para la gotera, pero el agua también filtraba por una pared, y mojaba una manguera de plástico rojo que estaba montada sobre el rodapié.

—Mira, nena, quita el caldero; cuando les llegue el agua a los de abajo, ya verás cómo se repara.

Pero el agua, que se sepa, nunca llegó al cuarto. En la siguiente reunión, yo tomé la iniciativa sobre el tema buhardilla.

—Se está mojando una manguera que hay en la pared. Trae algo en inglés, que no entendemos, y una señal de peligro.

—Te lo dije, lo importante que es el inglés, y no me haces caso —dijo el presidente a su esposa.

—Mejor cállese usted, y que su padre pague lo que debe a la comunidad —respondió ella, mirándome con severidad.

Esto bastó para cerrarme la boca porque todos quedaron de acuerdo en que era indignante mi deuda. Pronto se enzarzaron a discutir sobre otros asuntos pendientes que llevaban años sin solución. La gotera de Choui seguía, y vinieron nuevas a acompañarla, porque parece que, cuando menos falta hace, es cuando más llueve.

Un mes más tarde, sucedió lo peor que había ocurrido en el vecindario y alrededores. Un sobrino de mi vecino de planta quedó atrapado en el ascensor entre dos pisos. El rescate se complicó porque hubo en la cabina un amago de incendio, y el muchacho salió medio asfixiado. Gracias a la premura de la uvi móvil que lo reanimó, no acabó en una fatalidad. El informe del seguro achacó el accidente a mal mantenimiento del edificio porque se había mojado la manguera de la buhardilla que contenía los cables del ascensor.

Hubo reunión plenaria para analizar lo sucedido.

—Señorita Choni, tenía usted que haberlo dicho. Por su culpa, casi ocurre una desgracia.

Yo salí en defensa de mi amiga.

—Perdone, señor presidente. No dirá usted que no lo hemos dicho.

—Como hablan en inglés no nos enteramos. ¿Lo dijeron, querida? —preguntó a su esposa.

La esposa del presidente era una mujer con demasiada buena memoria y pocas ganas de responder.

—¡Está usted buena para hablar, con todo el dinero que debe! —dijo.

Se montó una derrama para reparar la avería. El del primero izquierda protestó contra el ascensor, dijo que él nunca había querido instalarlo y que no pensaba pagar la derrama. Otra dijo que ella se había opuesto a alquilar la buhardilla y que tampoco pagaba. Los demás se quejaron de que pagaban siempre los mismos y, sin más asuntos a tratar, se levantó la sesión.

Esa noche, para celebrarlo, montamos fiesta grande en la buhardilla con muchos invitados, y llegamos hasta la madrugada bailando y saltando entre los calderos porque llovía que diluviaba.                                                              

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