Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Goddes Bunny – por Rodrigo Torres Quezada (Santiago de Chile)

                                                                               

        Mi vida iba de lo más bien. Era un periodista exitoso, tenía un departamento, un automóvil y varios viajes a mi haber que me permitían colocar en Tinder fotos donde salía al lado de moais en Isla de Pascua o frente a la Torre Eiffel en Francia. Tenía una pareja, una mujer maravillosa. Mi fan número uno. Yo era su macho alfa, rudo y tierno a la vez. Pero un día ella me dejó por un tipo que conoció en facebook y que le daba me gusta hasta a las fotos donde salían gatitos locos y recetas de tofu. Cuando ella me abandonó, mi vida se fue a la mierda.

         Entré en una crisis muy fuerte. Comprendí que en realidad nuestro amor no había sido más que una aventura snob de un par de caprichosos.

         En las oficinas del diario en el que trabajaba, mi jefe notó mi estado y decidió enviarme a Estados Unidos, a Los Ángeles, para que me distrajera a la vez que trabajaría. Mi misión sería entrevistar a un transexual enfermo de poliomielitis y que se decía era el rey (o reina) del underground más sucio. Tenía tres nombres: el de mujer era Sandie Crisp; el de hombre Johnnie Baima; y su apodo artístico Godess Bunny, algo así como “la Diosa Conejita”.

         Luego de buscar información y hacer los contactos pertinentes, di con su casa. Estaba ubicada en un barrio de clase media, un sitio que me dio escalofríos luego de ver a un tipo demente en calzoncillos correr por la calle. Toqué la puerta. Esta, con una lentitud casi tenebrosa, se abrió. Tras de ella apareció el personaje más raro que haya visto en mi exitosa vida: un hombre pequeño, de brazos huesudos, encorvado y con la columna doblada hacia un costado, vestía con un tutú, como una bailarina de ballet, y sostenía una delicada sombrilla a la vez que aferraba a un osito de felpa. Además, usaba unos zapatitos para bailar tap.

         -Este… Disculpe- dije- ¿Usted es Goddess Bunny?

         -Sí, mi bebé- contestó con un inglés bastante rústico- ¿Qué deseas de tu conejita sexy?

         -Soy periodista… Quisiera hacerle una entrevista para un diario…

         Goddess Bunny, en un rápido movimiento, alargó su brazo y tanteó mi entrepierna.

         -¡Uy, mi bebé! ¡Ese paquetito tuyo se nota triste y pequeño! Ven que tu mami va a arreglar la situación; pasa, pasa, querido, que no se diga que la buena de Goddess tiene malos modales.

         Dentro, la casa era un hervidero de objetos y fetiches grotescos. Goddess bunny me tomó de la mano y me llevó hasta su pieza.

         -Desvístete- me dijo- Tu conejita se pone tensa si su bebé está con ropa.

         -¿Pero cómo se le ocurre?- exclamé presa entre el miedo y el estupor- Soy periodista, no un prostituto.

         -¡Ay, mi bebé! Tu Goddess es una chica muy misteriosa. Si quieres entrevistarme, debes primero tú desnudarte ante mí. Vamos, cosita linda, vamos, vamos, que tu mami está que ya echa vapor.

         Así, me quité la ropa. Sentí pudor y asco al ver cómo se saboreaba al estar yo en calzoncillos. Me puse rojo. Esto enterneció tanto a Goddess que con sus brazos huesudos ella misma me los bajó.

         -¡Ay, mi nenito precioso!- exclamó- Estás atravesando un período de depresión y sientes que tu vida no tiene sentido. Te hace falta amor, mi bebé. Pero del de verdad.

         Quedé en silencio unos segundos, estaba estupefacto.

         -¿Por qué dice eso?- pregunté nervioso.

         -Porque tu mami hizo un curso de coaching ontológico. Jodorowsky les lee el culo a las personas y sabe su futuro. Yo leo los penes y con eso sé cómo se sienten los hombres.

         Entonces, de una forma que no pude controlar, dejé caer una lágrima.

         -Sí- dije- Es verdad. No me siento bien.

         Goddess me acarició el rostro por un rato. Luego, se quitó la ropa.

         -No te preocupes, bebito. Tu mami Goddess te dará todo el amor que necesitas.

         Se colocó a horcajadas sobre mí. Agarró mi rostro y nos dimos un largo beso. Juro que sus pechos, rellenos a base de pura silicona, me parecieron lo más real que alguna vez haya tocado en mi vida.

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