Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

FATULIO por Francisco Juán Barata Bausach (Valencia)

Le llamaban Fatulio. Ese nombre fue un regalo de su madre, la mujer estaba siempre bebida. La pobre madre murió muy joven, antes de que naciera su hijo. Fatulio no conoció al padre, a su madre tampoco, aunque se cree que el padre era un cariñoso vecino de la misma finca que tenía el “Síndrome de Dow”. Parece que una tarde su madre lo confundió, al vecino, con Charles Bronson y se lo pasó por la piedra. Ni el vecino recordaba nada, pero lo peor es que ni la madre se enteró.
    En sus delirios, Josefina, madre de ese elemento tan nocivo, afirmaba ante quien quería escucharla, que un ángel celestial la fecundó. Nadie la creyó porque nadie la escuchaba, ni ella tampoco, porque cada vez decía una cosa diferente que ni recordaba después.
    Fatulio pasó la niñez en un centro municipal para huérfanos, nadie lo adoptaba, todos decían que parecía un niño muy rarito.
    Desde siempre, Fatulio tuvo muchos amigos, lo que era raro es que nunca hablaba con nadie. Pero es que sus amigos estaban todos encerrados dentro de su cabeza, pero no paraban de hablarle ni un momento.
     Cuando salió del “criadero de huérfanos amalgamados”, era para siempre, pero sus amigos, los demás no sabíamos que los tenía, le dijeron que volviera, y sin llegar a salir entró.
    Una vez dentro siguió el designio de lo que sus amigos le susurraban en la cabeza. Se dirigió a la que fue la carpintería del centro donde nunca  trabajó, cogió un martillo y al salir a la calle empezó a machacar la cabeza a cada persona con  quien se  cruzaba. No era su culpa, sus amigos se lo pedían.  A todos los que mató nunca había  matado antes ni tampoco hablado con ellos. No los conocía, ni le importaban,  los mataba sin ningún arrepentimiento por su parte. Lo suyo era desvergüenza pura.
     Llevaba más de diez simpáticos desconocidos apiolados. En realidad eran simples cadáveres a los que nunca conoció, con saña asesina por su parte  machacados.  Entonces apareció la policía, bendita organización, que  quiso con motivos de sobra reconocidos, detenerlo. Como Fatulio tampoco los conocía, también quiso  matarlos a ellos.
     Sólo pudo matar a uno de los nobles policías porque una terrible balacera, en extremo virulenta, acabó con todos sus amigos y entonces, siempre tan cariñoso con ellos,  Fatulio, como  quedó tan solitario, él  también  decidió  morir. No era  su deseo, pero de soledad feneció. Murió sin decir ni pio, no era un pájaro y eso ,se notó.
    Mientras descendía lentamente por al abismo de los inmortales, llamó a su madre y al vecino que debía ser muy chino, aunque parecía que también fuera su padre.
     Ni sus padres ni el chino le contestaron, porque no le escucharon. Los muertos no hablan y de la mano, muy amojamada por tanta eternidad acumulada  por sus padres, para siempre se marchó, hasta que la madrugada le volviera a  dar un hálito de vida para malgastar.

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