Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Entre Baco y morfeo – por Julian Despaigne Rodriguez (Cuba)

Despertó desorientado. Nada ha mencionado sobre el malévolo padecimiento, salvo a su acompañante. Era narcolépsico. ¿A quién se le ocurre hacer excursión a unas bodegas? El pueblo quedaba ahora tan lejos allá arriba. Lloró como un crío hasta que la rabieta mermó sus fuerzas. Extenuado, quiso encontrar la salida y emprendió el camino hacia ninguna parte. La vigilia le abandonaba de nuevo, debía sentarse a echar otra cabezadita. Al despertar, con los pies entumecidos y el alma hecha pedazos por la incómoda posición, reparó en un hecho irrefutable. Poseía para él aquellos cientos, ¿miles? de barricas. Me importa poco escapar, sonrió de forma sardónica su buena estrella. No era experto catador de morapio, jamás recordaba el nombre ni la denominación de origen. Eso sí, con buen tino, sabía acertar con el zumo afrutado o el tinte más amargo. ¿Tempranillo o espeso?, según la textura en sus papilas gustativas y… volvió a caer en brazos de Morfeo. Tras breve siesta se puso en pie y digirió sus pasos al norte o ¿hacia el sur? Los idénticos toneles estimulaban más su desorientación. Entonces reparó en las acristaladas vasijas cerca de las cubas. «¿Qué pintan aquí escanciadores a pie de bodega?». Tomó con cuidado uno de ellos, destapó un barril y dejó caer buena parte del bermejo caldo. ¿Podré beberlo?, especuló mientras disfrutaba la burbujeante espuma a través del cristal. Lanzó entonces una vibrante onomatopeya de satisfacción tras libar aquel jugo de cepas, algo falto de maduración para su gusto. El paladar advirtió sarmientos ancestrales protegidos a conciencia, de malas hierbas e insectos procaces. Colocó con sumo cuidado el escanciador en el suelo y se sentó, segundos antes que sus párpados cayeran del todo y las papilas gustativas continuarán viaje onírico al centro de las viñas. Con los ojos aún pegados, concluyó: «Debo salir de aquí o entraré en coma vinílico». Su ululante sistema digestivo navegaba entre laberintos. Tinto, blanco, rosado, ¿dulce?; maduro, poco fermentado, retrogusto a café, tierno mosto, amargo… Y los pasillos se hacían cada vez más angostos en su amplitud mental. Durante su próxima vigilia vitivinícola, no supo si era de madrugada o noche cerrada. Se sentía incapaz de calcular las horas dentro de aquella bóveda magnífica. Comenzó su danza feliz, dueño de tanto condumio líquido y sus egregios efectos. Euforia por sentirse muy vivo; éxtasis tras recibir en demasía la savia de la tierra; buen humor porque para eso se bebe; placidez, el majestuoso subterráneo le pertenecía entero y, por último: deleite. La prolongada incursión a través de la cripta de zumaque resentían ya estómago y cerebro. El órgano digestivo demandaba con su resonar de tripas cardumen sólido, masticable, y su encéfalo acusaba el exceso de uvas fermentadas a base de alucinaciones. Volaba a lomo de un unicornio verde. «¡Vaya un Pegaso con cuernos!».
Entre delfines nadaba y su era larga nariz, húmeda, esponjosa. Corría por una floresta llena de lirios y portaba forma de cíclope encantado y velludo. Degustaba a placer tarta de humo, ¿de humo? Sueño y hambre le habían hecho su presa. Durante el próximo despertar, mientras vaciaba escanciadores en su gaznate, se sintió más delfín, menos Pegaso, con mullido pelo de cíclope y echando rancios vapores por las orejas. Entonces, en un rictus de intelectualidad disertó sobre un asunto recurrente.¿Por qué gritamos Salud? Su voz era la de un rector de universidad en el paraninfo de investidura, tal vez la de un político solicitando atención en campaña: ¡Votadme y os prometo olvidarme de vosotros en los próximos cuatro años!¿Por qué cantamos “¡Salud!” con el chocar de copas?, repitió la alucinación de sí mismo y le respondió su fantasma. Buscamos bienestar para los sentidos todos. ¡Todoooos! La dislalia, algo de ataxia y buena parte de afasia se aferraron a los cuatro puntos cardinales de su fisonomía, mas, el espectro prosiguió con su arenga polietílica. Copa en mano, deseamos buena salud a nuestro TACTO. Los ojos contemplan el elixir a punto de ser libado y allí mismo coreamos por turnos: ¡Salud para la VISTA! Nuestras narices engullen místicas fragancias, llegadas desde otras épocas y viñedos, así otorgamos salubridad a nuestro OLFATO. A más tragos, nueva églogas cantadas. El sentido del GUSTO se presupone, por el paso del mágico néctar a través de nuestro boca, paladar, garganta, laringe, esófago y… ¡basta! Exhausto por tantas evocaciones, él y su doble se empinaron otro escanciador hasta la última gotaahhh, salud y de nuevo… más ronquidos. ¿Qué sucede con el sentido del OÍDO?, retomó el hilo de sus congojas en la siguiente ola de vigilante espera… hemos dejado fuera del convite a un órgano muy muy importaaante. ¿Por quééé? Elogiad en alta voz vendimia y jornaleros, hip, hip… el ectoplasma vociferaba exaltado. Alabad en una sola palabra recolección y procesamiento de uvas. Celebrad la destreza de camareros, hip, sean taberneros, cantineros, hip, vinateros y cualquier otro viticultor que permitió a esa botella, hip, hacer más llevadera nuestras patéticas existencias. Exaltad la encomiable labor de todos ellos, hip, también la de nuestros compañeros y compañeras de mesa, hip, hip…¡Deseamos buenaventura al sentido DE LA ESCUCHA! Por eso, y sólo por eso, chocamos las copas: para conferir sanidad pura a nuestros oídos, únicos órganos sensoriales que jamás intervendrían en esta fiesta si no rechináramos los cristales en un chin chin mara-vinoso. Salud, salud, sal…
—Salvador, ¿te has vuelto a dormir? Va a comenzar la ruta por la bodega. Te lo advertí: no es buena idea que un narcolépsico pasee entre tanto vino…
Con una sonrisa pícara y trastabillando, el aludido se colocó el último de la fila.

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