Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El trabajo es salud por Adrian E. Belmonte García (Alicante)

–Y no sé qué me pasa últimamente porque me canso mucho cuando subo la compra a casa porque antes me ayudaba mi Cristian con las bolsas cuando venía del mercado pero ahora se ha ido a vivir con la Virgi que está claro que tan Virgi no es porque la ha dejado preñada que digo yo que ha sido cosa de ella para agarrar a mi Cristian y no es que ella sea mala persona pero tiene sus cosas y no querría que se le escapara porque mi Cristian vale que es un poquito suyo pero tiene buen fondo y por eso me ayudaba a subir las compras pero ya no está para ayudarme y yo viniendo del mercado tengo que subir bolsas y me canso más porque son muchos pisos y antes él subía conmigo y…

Lo habitual era que Víctor Lara desconectase su cerebro con premura cuando uno de sus pacientes iniciaba una eterna explicación circular, pero esa vez decidió demorar dicha suspensión intelectual: sentía curiosidad por los segundos exactos que podía permanecer doña Justa exponiendo su parrafada sin respirar. No obstante, se aburrió antes de comprobarlo. Le ocurría con muchos de los enfermos que acudían a él como médico de cabecera. ¡Maldita la hora en la que obtuvo insuficiente nota en el MIR para escoger una plaza en psiquiatría, que era en verdad su sueño frustrado!

Si lo hubiese logrado, tampoco le faltaría trabajo en aquel remoto pueblo al que había sido destinado, empezando por doña Justa. Su Cristian, ese que tenía buen fondo, visitaba con frecuencia la sala de urgencias a altas horas de la madrugada, por heridas derivadas de reyertas a navajazos. Ese debía ser el “vale que es un poquito suyo” al que aludía su madre. Si era cierto que la Virgi se había quedado embarazada a propósito del susodicho, si ese era el mejor partido al que aspiraba, cabía conjeturar que su anterior pareja se dedicaba al terrorismo. O peor, a la política. Mas lo que ansiaba comprobar sobre su interlocutora era si su nombre de pila y su capacidad neuronal podían describirse mediante idéntico vocablo. ¿Por qué le informaba acerca del desconocimiento respecto a su inédita endeblez y, sin darse tiempo a vacilar, resolvía su propia duda en reiteradas ocasiones?

Víctor Lara retornó al mundo real cual autómata: su cerebro estaba adiestrado para detectar con toda precisión el instante en que se aguardaba una intervención por su parte.

–…y por eso he venido a ver lo que me pasa, doctor –concluyó la afectada.

–Muy bien… Entonces, por lo que usted me cuenta, ahora se abate más transportando toda la compra que cuando su hijo y usted compartían el lastre.

–Sí, me cansó mucho más, y no sé porqué –contestó, reincorporando las pausas a su vida.

–Céntrese. Antes acarreaba la mitad de bultos y no se fatigaba tanto, y ahora carga el doble de paquetes y se agota más. ¿Entiende por dónde voy? –cuestionó el profesional. Por mera curiosidad científica, intentó imbuir sentido común en su sujeto experimental de las nueve de la mañana.

–Sí, es lo que le estoy diciendo; lo ha entendido usted bien.

–No, nadie lo ha entendido bien. Me refiero a si no juzga sensato que se extenúe más ahora.

–No es lógico que me canse tanto. Cuando subía las bolsas con mi Cristian no me cansaba tanto.

–Sí, Justa, no se desfondaba tanto, porque la mitad del trabajo del que en la actualidad se encarga usted sola lo efectuaba su hijo.

–Sí, pero ahora se ha ido a vivir con la Virgi porque le ha hecho un bombo.

–Sí, y porque tiene buen fondo, pero el caso es que usted desfallece porque no tiene quien la ayude.

–Eso ya lo sé, que aún no estoy tonta de remate. Lo que no comprendo es por qué ahora me canso tanto, si antes cuando subía la compra no me cansaba tanto.

–En este estricto momento, claudico –masculló el galeno, esbozando una sonrisa.

–¿Qué dice?

–Proclamo que ya vislumbro su perjuicio, Justa. Pues, si se siente derrengada, puedo recetarle una caja de hierro o implorar a su Cristian que ruegue a la Virgi que le permita subirle los fardos.

–¿Qué? –interpeló perpleja la mujer, que, como había supuesto, no captó su sarcasmo.

–Aunque considero que será mejor prescribirle el remedio, así no mezclamos a tanta gente y es menos lío –dijo al comenzar a teclear en el ordenador–. Aquí tiene la fórmula para la farmacia. Una tableta con cada comida, y comprobará que enseguida ascenderá peldaños como antaño.

Aquella solución, aunque doña Justa no la requiriese, resultaba mucho más sencilla que ayudarla a subir la compra. La señora no parecía convencida: demasiado rápido la había despachado el médico para todo lo que ella se cansaba. No obstante, el facultativo se guardaba un as en la manga.

–Si lo desea, le exhorto por imperativo salubérrimo unos complejos vitamínicos, pero recuerde que se encuentra en vigor el copago sanitario.

–¿Qué dice? –preguntó la sexagenaria, un tanto aturdida.

–Que los medicamentos ya no son gratis, digo.

Bautizada como finiquito del contribuyente y patentada por él mismo, aquella constituía la técnica más veloz para ahuyentar a un paciente de cierta edad. Consistente en plantar una receta en la cara y argüir toda predisposición a prescribir cuantos fármacos estuviese dispuesto a pagar el doliente, nunca fallaba. Doña Justa reaccionó como esperaba: compuso algo semejante a una sonrisa para despedirse, le arrebató el papel de las manos y huyó de la consulta como si perdiese el autobús. Si siempre hiciera gala de tal ímpetu, no se cansaría nada de nada al subir la compra, aun sin su Cristian para auxiliarla porque le había hecho un bombo a la Virgi. Empero, era hora de pasar página. Leyó en el orden del día el nombre del siguiente citado.

“A ti te voy a diagnosticar conjuntivitis, me apetece recetar colirio”, sentenció el matasanos.

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