Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

El tío Renato – por Antonio García-Catalán Barchino (Ciudad real)

El tío Renato es un personaje que está presente en todas las historias rebosantes de moralina que utilizaban los mayores de la familia para enseñar a los niños las lecciones de vida sobre el bien y el mal.

La abuela Eufemia, última de su generación, era la guardiana de sus fábulas; e insistía, sobre todo al final de sus días, que los hijos y nietos, debíamos, por imperativo familiar, aprender de memoria y al detalle todas las historias del enigmático tío Renato. Hacía hincapié particularmente en una, la última, que ella consideraba la piedra angular de todas las demás; y que hizo que el tío Renato fuera considerado, en los anales de la historia familiar al menos, como un santo. Claro que no fue reconocido por la Iglesia, pero es cierto que no fue por falta de interés e insistencia de la abuela Eufemia. Todos los años, cerca del aniversario de la muerte del tío, la abuela encargaba sus tres misas reglamentarias y recordaba al párroco del pueblo la necesidad de, al menos, beatificar a su pariente. Y en esas fechas también nos contaba el final de su azarosa existencia, que lo hacía merecedor de un pedestal, cuando no una capilla, en la parroquia.

El tío Renato, según la colección de avatares de la abuela Eufemia, terminó su vida marchándose “a hacer las Américas apostólicas”. Es decir, que se fue como misionero laico al Perú, donde tuvo un gran éxito con su apostolado, a pesar de tener que sufrir el mal de alturas de los Andes, donde los sistemas digestivos no dan tregua a los mal aclimatados. El pobre tío Renato, cada dos por tres, tenía que dejar con la palabra en la boca a quien fuera para salir al altiplano y aliviarse de los retortijones. Aquel continuo alivio, unido a lo ácido de las comidas peruanas de la época y alguna que otra hoja de coca, le produjo un profundo escozor crónico en sálvese la parte. Pero él, lejos de buscar un remedio, siempre encomendó a Dios su sufrimiento, como penitencia, para enaltecimiento del Señor y como purgatorio de sus pecados.

En cierta ocasión, en la que estaba aliviándose en el altiplano, alcanzó a pasar por allí un rebaño de llamas que, ofendidas por la postura del santo Renato, la confundieron con un reto de “vamos a medir las fuerzas a ver quién se queda como macho dominante de la manada y se alivia todas las llamas”. Y el “llamo” dominante escupió, repetida y certeramente en el músculo orbicular encargado de los alivios del tío. Éste, tras una primera sensación de sorpresa, quemazón y humedad, comprobó que su escozor, que tanto gozo había dado al Señor, disminuía hasta casi desaparecer, provocando un ligero cosquilleo, que el santo varón llegó a considerar indecoroso, aunque muy beneficioso para su dolencia.

A partir de entonces, a pesar de sus dudas de fe, decidió retirar su dolorosa ofrenda al Señor, prometiendo que aquel sufrimiento, que ya no iba a macerar sus carnes, lo supliría con un mayor empeño en su apostolado. Y desde entonces, cada vez que el alivio era necesario en el altiplano buscaba desesperadamente una llama con la que rivalizar, para que llegara a sus partes el consabido salivazo regenerador y calmante.

Unos meses antes de su muerte, una terrible enfermedad hizo que Renato tuviera que guardar cama, que ya no abandonaría hasta su encuentro con el Señor, y no pudiera salir al altiplano a aliviarse, lo que añadió a su agonía próxima a la muerte, el sufrimiento por no poder calmar su intenso prurito.

Y a pesar de todo, sus convecinos peruanos lo vieron expirar con la mayor de las serenidades, por lo que terminaron convencidos de su santidad. Y para honrar su vida y obra lo enterraron en el altiplano, en el lugar dónde a él más le gustaba aliviarse. Sobre sus restos construyeron una tumba con humildes piedras del terreno y la adornaron con guedejas de lana de llama. Y cada vez que se conmemora el día de su muerte, sus fieles acuden a su tumba para escupir sobre ella, con el convencimiento de que así alivian su sufrimiento y lo acercan más a Dios.

La abuela Eufemia contaba esta última parte con lágrimas en los ojos y terminaba escupiendo en el fuego de la chimenea. Y aunque todos lo pensábamos, nunca nos atrevimos a preguntarle cómo sabía ella el final del tío Renato, si nunca volvió del Perú.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

MasticadoresFEM

"Solo quiero que se me recuerde como una persona que quería ser libre” Rosa Parks

Isabel Alonso Díez

Arte & Activismo

A Tinta China

Plasmando palabras, a la luz de la pluma

Buscando el sentido de un instante

Alberto Blanco González

Entre paleras y encinas.

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

Puentes de papel

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

RETAMAS Y CODESOS

Página de literatura, reseñas y poemas

ENTRE LA SOLEDAD Y EL APLAUSO... ESCRIBO

Soy un reflejo de mis historias, si no escribiera sería una sombra de mi misma

David Ortega

Blog literario y filosófico

POETAS EN LA NOCHE

Poesía, cuentos y relatos

Lo irremediable

Cine Filosofía Fotografía Literatura Música Pintura

Andiñuela de Somoza

Pueblo maragato, perteneciente al ayuntamiento de Santa Colomba.

Versos en la Somoza

Poesía en el umbral de la Maragatería

TAM-TAM PRESS

TRAFICO DE CULTURA / Piensa, crea, actúa, retumba...

Paz Martínez- Urdidora de versos

Algo siempre se mueve cuando los versos conspiran. Carlos Attadía.

WordPress.com en Español

Blog de Noticias de la Comunidad WordPress.com

A %d blogueros les gusta esto: